Víctor Hugo Prado
Esta semana comenzó el ciclo escolar 2026B en la Universidad de Guadalajara. Así, universidades públicas y privadas abren sus puertas a miles de jóvenes que llegan con una aspiración compartida: obtener un título profesional. Detrás de cada estudiante hay familias que depositan en la educación sus ahorros, sacrificios y expectativas, convencidas de que la universidad puede convertirse en una poderosa herramienta de movilidad social.
Pero ingresar a la universidad es apenas el primer paso.
Marco
Antonio Fernández, en un artículo publicado este mes en Nexos,
advierte que de cada cien niños que ingresan a la primaria en
México, solamente 28 llegan a concluir la educación superior. Las
razones son múltiples: necesidad de trabajar, dificultades
económicas, abandono escolar, incorporación al crimen organizado o,
sencillamente, aprendizajes insuficientes para enfrentar las
exigencias de los siguientes niveles educativos. El problema comienza
mucho antes de llegar a las aulas universitarias. Los resultados de
PISA muestran que cerca de siete de cada diez estudiantes mexicanos
de 15 años no alcanzan el nivel mínimo de desempeño en
matemáticas. No hablamos de cálculos sofisticados, sino de
capacidades elementales para resolver problemas cotidianos. ¿Cómo
esperar entonces que todos ellos lleguen preparados a una carrera
profesional?
Pero una vez dentro de la universidad tampoco
basta con aprobar materias y acumular créditos. El título por sí
mismo no garantiza conocimientos, competencias ni empleo. El
estudiante necesita asumir una responsabilidad activa sobre su
formación.
La universidad debe ofrecer programas pertinentes,
profesores actualizados y metodologías eficaces. Pero el alumno
también debe abandonar la actitud pasiva. Los aprendizajes basados
en proyectos, el aula invertida y la gamificación son herramientas
que pueden complementar la enseñanza tradicional y acercar al
estudiante a problemas reales.
Si un programa académico no
responde a las transformaciones del mercado laboral, habrá que
buscar conocimientos adicionales. Si un profesor enseña contenidos
que quedaron rezagados frente a las nuevas exigencias profesionales,
el estudiante deberá complementar su preparación.
La
universidad no puede entregar un profesionista terminado; puede
proporcionar las herramientas para que cada persona continúe
aprendiendo durante toda su vida.
El verdadero éxito
universitario no debería medirse únicamente por cuántos jóvenes
ingresan o se titulan, sino por cuánto aprenden, qué saben hacer y
qué tan capaces son de transformar ese conocimiento en oportunidades
profesionales.
Llegar a la universidad es un privilegio.
Aprovecharla plenamente es una responsabilidad compartida.

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