Ramón
Moreno Rodríguez*
Cuentan
los conocidos de Juan José Arreola que éste acostumbraba a decir
que a veces guardaba una palabra como si fuera una solitaria moneda
en el bolsillo. Que ahí la traía, la repasaba, la repensaba, se
reía, se intrigaba y de repente, con el paso de las horas o los
días, se esfumaba sin que ese recuerdo volviera (o acaso sí) a
entretener sus pensamientos. Yo creo que a muchos que nos dedicamos a
estudiar los fenómenos de la lengua, ya como un asunto artístico
(la literatura) ya como un fenómeno social (la lengua), nos debe
ocurrir muchas veces este tipo de episodios. Lo digo por mí que
tengo ya bastantes años que reflexiono sobre algunas palabras que
inesperadamente llegan a mi mente. Muy bien recuerdo que una de las
primeras fue delgado,
pues inferí, y no me equivoqué, que su origen era
“delicado-delicatus”.
Y en efecto, fue para mí una maravilla saber por mi propia deducción
que de alguna manera cuando decimos que alguien es delgado
también decimos que es delicado;
bueno, no tan así, pero en algún momento fueron una sola cosa y
después cada sentido tomó su propio camino.