lunes, 13 de abril de 2026

El mundo en vilo; genocidas impunes

 



Pedro Vargas Avalos


Las grandes conflagraciones mundiales hasta la fecha han sido dos: la de 1914-1918 y la de 1939-1945. Los resultados de ambas fueron millones de muertes, exagerada suma de heridos y enormes padecimientos de la gente en casi todo el mundo; además se generó una marcada recomposición de la geografía política y los sistemas de gobierno.



La mencionada primera contienda, que también se denomina la "Gran Guerra", fue un conflicto registrado especialmente en Europa; en tal trance se enfrentaron dos alianzas de naciones del viejo continente eurásico: la Triple Entente (Francia, Reino Unido, Rusia, y al final, para inclinar la lucha a su lado, el ingreso de Estados Unidos) contra las Potencias Centrales que venían a ser tres monarquías autócratas: Alemania, Austria-Hungría y el viejísimo Imperio Otomano. Aparte de las sangrientas acciones de trincheras y la incorporación de tecnologías innovadoras, se ocasionaron más de 16 millones de muertes, 20 millones de heridos, emigraciones masivas y una profunda modificación del panorama político. Esa Primera Guerra Mundial, así intitulada desde que el biólogo y filósofo alemán Ernst Haeckel, la bautizó en 1914, al afirmar: “No hay duda de que el curso y el carácter de la temida 'Guerra Europea'... se convertirá en la Primera Guerra Mundial en el pleno sentido de la palabra."

Ese terrible evento concluyó con un leonino Tratado llamado de Versalles, por el cual Alemania fue responsabilizada de la guerra, perdiendo territorios y aceptando humillantes sanciones. Se confirmó el 28 de junio de 1919, quinto aniversario del asesinato del archiduque Francisco Fernando de Austria -heredero del imperio austro húngaro- en Sarajevo, hecho que había sido la gota que derramó el vaso que hizo estallar la beligerancia.

Ese oprobioso tratado, sumado al surgimiento del nazismo germano-hitleriano, fue la primordial causa de la Segunda Guerra mundial, enfrentamiento sin duda hasta entonces el más devastador de la historia universal, que se inició con la invasión alemana a Polonia el 1 de septiembre de 1939, aunque desde años atrás se flagelaba con las armas a muchos pueblos. La lucha fue especialmente entre las potencias del llamado Eje (Alemania, Italia, Japón) que se encararon a los países Aliados (Reino Unido, Francia, la Unión Soviética -luego del ataque que el 22 de junio de 1941, el represor alemán Adolfo Hítler le infirió-, y desde diciembre de 1941, los Estados Unidos que fueron agredidos por Japón). Los más relevantes líderes que participaron fueron por parte de Alemania, el Führer -jefe, guía- Adolfo Hítler; su aliado el Duce (derivado de Dux, dirigente, líder) Benito Mussolini como jerarca de Italia y el Tenno, -soberano- Hirohito, emperador del lejano Japón. Del lado aliado, destacaron el primer ministro -Winston Churchill- del Reino Unido; el Secretario General del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética y Presidente del Consejo de Comisarios del Pueblo, José Stalin, dictador de la URSS (Unión Soviética) y el demócrata Franklin D. Roosevelt, presidente de los EE. UU. Nuestra Patria participó al lado de las potencias occidentales, luego que submarinos teutones hundieron en el Golfo de México los barcos Potrero del Llano y Faja de Oro -en mayo de 1942- lo cual provocó que el presidente Manuel Avila Camacho declarara el estado de guerra el 22 de ese mes, lo que fue aprobado por el Congreso dela Unión seis días después. El escuadrón 201 fue la más relevante aportación bélica mexicana.





Los frentes en que se desarrolló la Segunda Guerra fueron Europa Occidental, el área soviética, el norte de Africa y el extremo Oriente, que incluye las islas del Pacífico. Esa pugna indujo genocidios sistemáticos: por parte del régimen nazi, -especialmente en los campos de concentración- el asesinato de seis millones de judíos, así como miles y miles de otros grupos étnicos. Japón, con motivo de la resistencia china contra la agresión nipona, arrojó 20 millones de muertos, destacando la Masacre de Nankín, -que, aunque fue en 1937 se inscribe en la segunda guerra-, donde se estima que fueron asesinados más de 300,000 individuos.

Como ya sabemos, la rendición de Alemania en mayo de 1945 marca el final de ese holocausto, lo cual enlaza la postración de Japón (septiembre 1945) luego de los horripilantes bombardeos atómicos sobre las ciudades de Hiroshima y Nagasaki, atrocidades que también deben considerarse como genocidios a cargo de los estadounidenses.




Es de señalar que hubo en ese conflicto bélico entre 40 y 60 millones de muertos, la creación de la Organización de las Naciones Unidas -ONU-, la división de Alemania -reunificada tras la caída del Muro de Berlín y oficializada el 3 de octubre de 1990- y el inicio de la bipolaridad mundial entre EE. UU. y la URSS, que concluyó con la supresión del poder soviético en diciembre de 1991, lo cual marcó el término de la guerra fría.

Pero al parecer la humanidad no aprende. Los hechos que se registran a partir de la llegada a la presidencia de los Estados Unidos (EU) del señor Donald Trump -en su segundo mandato cuatrienal, a partir del 20 de enero de 2025- han venido generando temores y desatados conflictos internacionales, los cuales, con las recientes conflagraciones de Ucrania (excitada por Rusia), Gaza (estelarizada por Israel) y la agresión a la antigua Persia (Irán) por parte del Estado judío y EU, tienen al mundo en vilo, al borde de una abominable tercera guerra mundial.






Aunque los actores principales de la delicada situación que tiene en tensión al orbe son el mandatario gringo Donald Trump, su aliado judío Benjamín Netanyahau y el déspota ruso Vladimir Putin, no cabe duda de que los dos primeros se llevan las palmas -lo que no exculpa al moscovita- como abusivos, desmedidos, impúdicos y verdaderos delincuentes.
Del israelita Netanyahu, con estar al tanto que tiene una orden de aprehensión por genocida emitida por la Corte Penal Internacional, y saber de los asesinatos de niños, niñas, mujeres y hombres civiles, que lleva a cabo en Gaza y Líbano, tenemos su imagen: es el macabro criminal de mayor calaña que ha surgido de Israel. Es hoy por hoy el mayor agente de desestabilización global y el más insidioso instigador de guerras y violaciones a la legalidad internacional, cuyos objetivos desde hace años, parecen alineados con los de Trump y su familia.

En cuanto al pelirrojo vociferante que comanda -para desgracia universal y estigma del pueblo estadounidense- a la potencia que representa el Tío Sam, es larga la adjetivación que, en su nación y el planeta entero, se le adjudican, teniendo presente que para él la ONU es un estorbo, la ley que obedece es su propia “moral”, integrada por principios torcidos que conceptúan, a los pueblos que no son sus partidarios como despreciables y a los ciudadanos que lo critican, como estúpidos.
El escritor norteamericano, Ralph Nader, entre sus obras tiene una reciente: "Wrecking America: How Trump's Lies and Lawbreaking Betray All" (2020, coescrito con Mark Green) que en traducción libre significa: "Destruyendo Estados Unidos: Cómo las mentiras y las violaciones de la ley de Trump nos traicionan a todos". Y este autor enumera calificativos que vale la pena enlistar para conocer mejor al gobernante yanqui.





Comencemos: Donald tonto. Trump Criminal. Mentiroso. Delirante. Peligroso. El asqueroso Donald. El infractor en serie. Engañador. Perdedor Donald. Abusador serial de mujeres. Donald el Perezoso. Incitador a la Violencia. Trump, obstructor de la Justicia. Cada adjetivo proyecta facetas de la vida del delirante mandamás.
Para variar, luego de meditar los anteriores epítetos, enumeramos los que siguen: Dictador Donald, El “dictador amante”. A pesar de lo anotado, se asegura que es “Donald débil” lo cual justifica por qué se le dice TACO: acrónimo en inglés de "Trump Always Chickens Out" (Trump siempre se acobarda, o sea, se raja),lo que explica la tendencia del señor Trump de amagar con amenazas drásticas —como aranceles, intervenciones o bloqueos— para luego retractarse o suavizar su actitud ante la presión que genera, según escribió Robert Armstrong, columnista del Financial Times, en mayo de 2025.

Prosiguiendo con lo apuntado por Ralph Nader, también asegura que es deshonesto, negacionista temprano del Covid. Falso. Evasor fiscal (versión neoyorkina de Salinas Pliego). Inestable, el Rey Mentiroso. Donald infiel y bajo. Trump racista. Donald el ignorante. El inseguro Donald. El incompetente Trump. Estafador. El traidor Trump. Trump codicioso. Donald, presumido y corrupto. El presidente que infringe a diario la ley. Ególatra.





Para poner punto final por ahora, sobre lo que se dice del pelinaranja gringo, anotamos lo que escribió el 7 de este mes, un reconocido comentarista: “En un alto grado de demencia criminal, Donald Trump llega hoy a una más de las estaciones de paso que le conducen inequívocamente hacia un juicio histórico duramente adverso”. El escribidor califica al estadounidense de personaje caligulesco, en alusión al enajenado -Calígula- césar romano. (Julio Hernández López, Astillero, La Jornada).

El palabrerío enloquecido, contradictorio, que parece festeja el anuncio de asesinatos y devastaciones, del señor Trump -a quien además se le tilda de pedófilo-, empujado por su megalomanía y pésimos consejeros oligarcas, nos tienen en ese punto. El plazo impuesto por este fantoche, quien advirtió que el 7 de abril con su poderío militar devastaría, hasta aniquilar a una nación -Irán- enviándola a la edad de piedra, (lo escribió con palabras indecorosas, casi impublicables) fue otro signo de su demencia. Y la tregua que aceptó -aunque falazmente dice él la logró- como autoescape, al parecer es otra broma, lo cual nos afirma que la tierra y su estabilidad está en manos de genocidas, quienes por lo visto, son los verdaderos poderes dominantes, no sólo en el país de las barras y las estrellas, sino en el de los israelíes con el siniestro Netanyahu a la cabeza: ambos gobernantes, se han convertido en un virtual basilisco, la mítica serpiente venenosa con cresta que con solo ver o soplar su fétido aliento, asesinaba.

Debido a lo anterior, es que -ojalá se diluya el presentimiento- discurrimos: el globo está en vilo, al borde de una nefanda guerra de perfiles mundiales.



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