Fernando G. Castolo*
El pasado viernes 31 de julio de 2026 se cumplieron cien años del inicio del movimiento cristero en Zapotlán el Grande. La fecha pasó desapercibida, pero en la memoria documentada de nuestro pueblo se palpa ese episodio como uno de los más vergonzosos de nuestra historia. Se ordenó el cierre de templos y se limitó el número de sacerdotes de acuerdo al censo poblacional.
Ese día, el Dr. Martínez (padre del intelectual mexicano José Luis Martínez), hizo correr la voz entre los feligreses de que se pretendía quemar la escultura de Señor San José. Las gentes se apresuraron en aproximarse al templo parroquial (hoy Catedral), mientras los bronces sonaban de forma alarmante. Las calles del primer cuadro de la ciudad se encontraban en proceso de remozar sus empedrados. La gente se armó con piedras y se enfrentó a las autoridades civiles para defender el supuesto atropello.
El Dr. Martínez fue hecho preso y las cosas se calmaron por lo pronto; sin embargo, el zafarrancho dejó como resultado dos víctimas que quedaron muertas en las afueras del templo. A partir de entonces, y durante los siguientes tres años, lo cotidiano se modificó, haciendo que los feligreses recurrieran de forma clandestina a celebrar la santa misa y comulgar. Había temores mal infundados, y unos y otros realizaron actos tan vandálicos que pusieron el zozobra al vecindario.
El 19 de septiembre del propio 1926, la comunidad católica zapotlense, reunida al interior de la parroquia, promete solemnemente coronar a San José, a quien se le pidió tu intersección para terminar pronto con esta crisis ideológica. La promesa se cumpliría muchos años después, en 1957.
Hoy, a cien años del inicio de la Cristiada, nos queda hacer una reflexión, muy seria y profunda, sobre este hecho histórico que marcó el rostro de una nación que evidenció su gran religiosidad y, con ello, su celosa identidad católica.

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