Ramón
Moreno Rodríguez*
Sabemos
que los nombres de los colores no son iguales en todas las lenguas.
Nos enteramos cuando en la educación básica los profesores enseñan
algunas bases del inglés o del francés a sus alumnos. En el caso de
los que nos dedicamos a los asuntos de la lengua y la literatura y
estudiamos la carrera de letras o lingüística (o una combinación
de ambas, que es la forma más recurrente de establecer esos
estudios) nos enteramos más pormenorizadamente de cómo se da esa
diferencia y cuál es la causa que la motiva. Por ejemplo, recuerdo
las explicaciones que nos daba el profesor del curso Lingüística
General. Nos decía, para que observáramos el fenómeno, el caso del
color grey
en inglés. Significa, por supuesto, gris y eso es una absoluta
equivalencia, pero también en inglés identifican con esta palabra
otro color que nosotros preferiríamos llamar café
o castaño;
además, con esta palabra en inglés se pueden referir a plateado,
lo cual me parece muy lógico, pero nosotros no la usaríamos así:
en español, una moneda de plata o plateada no la llamaríamos gris,
sino blanca.
Precisamente por eso, se llamaban blancas
unas pequeñas monedad de plata, en la Edad Media española, porque
la gente las veía de ese color.