Mtro.
Jesse Martínez
El
martes 3 de noviembre se eligen en Estados Unidos los 435 integrantes
de la Cámara de Representantes y 33 senadores, además de
gobernadores en 36 estados. Aunque Trump no aparece en la boleta,
estos comicios funcionan como una evaluación de su mandato y, sobre
todo, como una radiografía en tiempo real de la transformación
política de la sociedad estadounidense. No se trata solo de quién
controla el Congreso durante los dos años que le quedan a su
presidencia; se trata de qué país está emergiendo detrás del
alboroto electoral.
Los republicanos llegan con mayorías
estrechas en ambas cámaras. La economía y la inflación, la
migración y la política exterior, y la popularidad del presidente
son los tres factores que han atraído especialmente la atención. El
electorado elegirá entre seguir dando aprobación a las políticas y
decisiones de Trump o, contrariamente, ponerle límites y hasta
obstaculizar su gestión. Y aquí conviene recordar algo que suele
olvidarse: en Estados Unidos el presidente no es todopoderoso; está
limitado por el poder legislativo, el judicial y las atribuciones
propias de los estados.
Si el Partido Demócrata obtiene la
mayoría y logra controlar las cámaras, pueden esperarse
investigaciones sobre conflictos de intereses, política migratoria y
abuso de las facultades presidenciales, además de acciones para
pedir cuentas a funcionarios del gobierno federal y hasta a
empresarios cercanos al presidente. Unas cámaras controladas por los
demócratas serían un obstáculo de mucho peso para la política
autoritaria del presidente estadounidense. El Senado, en particular,
podría bloquear nombramientos, financiamiento militar, gasto
público, deuda y la guerra con Irán. Trump tiene alternativas para
avanzar, pero de una manera más desgastante y costosa
políticamente.
Según los análisis y estimaciones de la
agencia noticiosa Reuters, existen fuertes posibilidades de que los
demócratas recuperen la Cámara de Representantes, mientras que los
resultados en el Senado tienen alta incertidumbre. Los escenarios son
variados y, de cierta manera, proyectan el germen de lo que serán
las elecciones presidenciales de 2028.
El peor escenario para
Trump es que los demócratas se lleven ambas cámaras. Sería un
enfrentamiento frontal entre el poder legislativo y el ejecutivo: el
gobierno federal seguiría operando, pero su desgaste ante los
legisladores sería máximo, incrementando una polarización política
que ya es una realidad en Estados Unidos. Trump tendría que cargar
con ese fracaso electoral durante dos años, hasta el final de su
periodo.
Si los demócratas consiguen la mayoría solamente en
la Cámara de Representantes, la administración trumpista tendría
que lidiar con una continua vigilancia y escrutinio, y se vería
forzada a atender un desgaste que podría tener un costo mayor en las
siguientes elecciones. Pero, sobre todo, daría una mayor proyección
a la oposición interna, fortaleciendo a perfiles y liderazgos
demócratas dentro del Congreso que están en guerra abierta con el
presidente. En su afán de defensa o ataque, Trump podría potenciar
el protagonismo de figuras demócratas en ascenso, siendo a la larga
contraproducente para el partido republicano.
Para Trump, el
escenario óptimo es que los republicanos ganen ambas cámaras.
Tendría todas las condiciones para impulsar su agenda e, incluso,
incrementar la ambición de sus decisiones en temas controvertidos.
Pero aquí aparece la paradoja que define su lugar en la historia
reciente del Partido Republicano: cuanto más poder adquiere, más
difícil se vuelve sustituirlo. Ya no podrá competir en las
siguientes elecciones, y el gran poder que concentraría tendría que
ser manejado muy prudentemente para no dinamitar a su partido y a sus
aliados con divisiones internas por la sucesión. Trump es hoy la
mayor fortaleza del republicanismo y, al mismo tiempo, su mayor
riesgo de futuro: un partido que no logre renovarse después de él
quedará atrapado en su sombra, sin liderazgo propio y sin proyecto
que lo trascienda.
Más allá de Donald Trump como presidente,
estas elecciones serán la radiografía en tiempo real de la
transformación política en la sociedad estadounidense. Las
distintas elecciones que se realizan a la par mostrarán realidades
económicas, sociales y demográficas que cada vez son más complejas
en una población diversa. Es muy posible que existan “picos” de
votación republicana y demócrata, condados, distritos y estados que
se atrincheran en cierta tendencia política y otros que son
sumamente competidos. El mapa de los resultados electorales mostrará
el trasfondo de un país que empieza a redescubrirse en su identidad
nacional y el papel que desempeña en la trama internacional.


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