Dr.
Guillermo R. Aguilar Peralta*
Quienes somos oriundos de esta pródiga tierra, pero además privilegiada en clima y en un entorno único que invita a la creatividad al amor por el arte, pero también que incentiva al espíritu científico incluso de rigor académico, podemos afirmar sin falsa pretensión que quien llega a veces quizá circunstancialmente, otras por obligadas actividades laborales o en casos por infortunio de la vida y circunstancias han quemado sus velas y no hay más a dónde ir, han encontrado en Zapotlán un sentido de identidad de pertenencia de cobijo y de arropo, no solo por el entorno de la sui generis sociedad zapotlense si no por la cautivadora esencia de Zapotlán.
Todo lo que somos como humanos y como sociedad, todos los elementos que adornan en belleza y a veces resultan ostentosas en algunos casos a quienes habitan y habitamos Zapotlán de repente son y somos confrontados con una realidad y es la realidad en la que un fenómeno que está fuera del control humano, pero que es parte de la vida y esencia común del universo, como son los eventos meteorológicos, obligan a replantearnos la valía de la humanidad o mejor dicho de lo que es Ser humano.
Aún con antecedentes históricos de sismos que han causado daños significativos o importantes en Zapotlán en los primordios de siglos previos, el recuerdo más reciente que la memoria colectiva puede documentar de manera más precisa, puesto que existen elementos bibliográficos,videograficos, periodísticos y narrativos es el acontecido en septiembre de 1985, algunos en los primordios de nuestra adolescencia y juventud nos tocó vivirlo, en mi personal circunstancia adolescente de 15 años, cursando el bachillerato en la preparatoria de ciudad Guzmán, estándo sentados el el barandal en el tercer piso, platicando con compañeros y algunas damas establecíamos la preeminencia del ser caballero ante cualquier circunstancia, cosa que cuando inició el movimiento telúrico los imberbes caballeros que estábamos en el tercer piso, dejaron de lado el discurso y pasaron a la esencia básica de la supervivencia olvidándose de la retórica poética que minutos antes era motivo de disertacion y convivencia entre ellos, por fortuna las damas que convivían en dicha charla y disertación fueron tan veloces como nosotros para ponernos a salvo.
Siendo incluso de los primeros en estar afuera a unos cuantos pasos de la entrada de la preparatoria regional , a borde de la carretera que en ese momento era una carpeta asfáltica ondulante y observando la similitud del movimiento de la tierra, con las ondas del mar en furia, y en el potrero frente a la preparatoria que en ese entonces existía, donde ahora hay múltiples restaurantes y tiendas que prestan servicios gráficos, estaban vacas y caballos patiabiertos para no perder el equilibrio.
Iniciando el camino a casa para poder tener cierta certidumbre de que mis seres queridos estuvieran bien, entonces no existía más que los teléfonos fijos, que por consecuencia del evento no funcionaban por lo tanto la comunicación en tiempo real era limitada por no decir inexistente y así transitando por la ciudad rumbo a casa localizada en el primer cuadro de la ciudad, que de repente la bruma de la memoria no me permite recordar si iba solo o acompañado, pero quiero creer que alguien me acompañaba , nos fuimos percatando de la magnitud y la gravedad de los efectos y el daño a todas las viviendas que no soportaron por su antigüedad, pero más por su estructura maltrecha mal conservada, y en su mayoría de adobe, los poderosos efectos de este gran terremoto.
Esta breve introducción solo para contextualizar lo que aprendimos algunos de vivir en Zapotlán, lo primero, que ante estos eventos no existe clase socia,l no existen títulos académicos, no existen títulos nobiliarios, atributos físicos considerados como belleza o fealdad de acuerdo con los ojos que se miren, tampoco diferencia alguna entre quien viste una ropa sencilla o entre quién porta ropa de finas telas o marca reconocida, ahí quienes estaban entre los escombros, quienes estaban luchando por vivir y sobrevivir, precisaban de la ayuda de quien antes quizá, habían visto sobre el hombro o menospreciado por no estar a la altura de su clase social, nivel académico, forma de vestir o riqueza económica, solo estaba la Desnudez Humana, esa que exhibe la esencia del Ser, en la que solo se puede manifestar el humanismo puro, la solidaria respuesta empática ante la desgracia, el apoyo incondicional para retirar los escombros, rescatarle de entre la inminente muerte o incluso, invirtiéndose el status quo, en el que esa riqueza material se vuelve inútill, en ese momento y circunstancia en el que de nada valía ser millonario o rico hacendado de abolengo, puesto que en ese preciso instante la vida lo confronto con una realidad, estaba recibiendo ayuda, alimento, cobijo y agua de la persona más sencilla y menesterosa de Zapotlán.
En segunda instancia un fenómeno social que precisa de un análisis por expertos en la materia, pero que como un simple testigo en estos 40 años he podido observar, la vivienda en Zapotlán se volvió asequible, gracias a los programas que permitieron la procuración de pies de casa a las personas que con la comisión de reconstrucción acreditaron que habían perdido su patrimonio o que no tenían patrimonio alguno para poder sobrellevar su vida, ante este desastre por fortuna en apariencia se puede decir, que se complimentaron las necesidades locales y eso dio pie a que por alguna circunstancia fortuita o afortunada, ciudadanos que también habían sufrido el embate sísmico y caído en desgracia en el entonces Distrito Federal, Estado de México, Puebla, Hidalgo Tlaxcala u otros lugares de la República, se enteraron que por fortuna en Zapotlán había vivienda disponible y es entonces que emigran a este pueblo quede tan grande misión ciudad a decir de Juan José Arreola y es aquí entonces que mi referencia en el primer párrafo de esta disertación, quiénes llegan a Zapotlán asumen, abrazan y hacen propio el manto y el cobijo protector del señor San José, se convierten en devotos, profesa la fe católica que quizá antes no conocían o eran católicos no practicantes, y solo es la devoción al santo patrono, sino que incluso luchan por estar y ser incluidos en el ritual de devoción para manifestar la gratitud de un juramento del cual ellos no fueron testigos, pero que por haber vivido, quizá la desgracia de perderlo todo, asumieron con con una fe vehemente la convicción de que el señor San José sería quien les resguarde y será su gran protector en este su nuevo hogar.
Se enfrentaron a vicisitudes, como la limitación a ser aceptados en las tradicionales danzas que bajo el estricto y riguroso código de pertenencia familiar, no eran aceptados y de alguna manera lograron que su profesión de fe manifiesta y aceptada sin condiciones por ellos, fuera reconocida por las autoridades eclesiásticas y civiles, para que pudieran entonces sí, tener nuevos espacios como danzantes durante las festividades del señor San José, dandonos ejemplo a muchos, que siendo zapotlenses, quizá no teníamos una preeminente manifestación de nuestra fe Josefina, como ellos, que en su primera y ahora segundas y terceras generaciones han sido quienes, han acrecentado, incentivado y sobre todo inculcado, la tradición entorno a la promesa hecha al Santo patrono, que se celebra como un compromiso entre entes humanos que revestidos de fe y espiritualidad, reivindican y reafirman en la festividad Josefina anual. Honrando el juramento para seguir cobijados por el manto protector del señor San José.
*Coordinador del Capítulo Sur de la Benemérita Sociedad de Geografía y Estadística del Estado de Jalisco.

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