miércoles, 28 de octubre de 2026

Corrupción: el momento de las definiciones

 




Víctor Hugo Prado


Las denuncias conocidas en estos días sobre la actuación de quien fuera presidenta del Instituto Nacional Electoral (INE), Guadalupe Taddei, y su renuncia presentada este lunes al cargo que encabezaba, deben llevar al Estado mexicano a reflexionar y actuar frente a uno de los más graves lastres que afectan la vida pública del país: la corrupción.



Es una enfermedad que parece padecer buena parte de quienes se encuentran incrustados en el poder y en las instituciones de todos los niveles. En ella están implícitos el despilfarro, el soborno a autoridades, el “moche” por el otorgamiento de obras y contratos, los enjuagues económicos, el encarecimiento de bienes y servicios, la opacidad en la asignación de contratos, el nepotismo, la indiferencia ante los conflictos de interés, el incumplimiento de perfil para el cargo ocupado y, en suma, la ambición desmedida por apropiarse de los recursos públicos.

En un Estado de Derecho no debería corresponder a los medios de comunicación, periodistas o influencers de las redes sociales descubrir y documentar los actos de corrupción de gobernantes y funcionarios. Para eso existen las instituciones del Estado, y vaya que son varias: la Secretaría Anticorrupción y Buen Gobierno, la Fiscalía General de la República y, en el caso del INE, su Órgano Interno de Control (OIC), instancia con autonomía técnica y de gestión encargada de fiscalizar, vigilar e investigar el uso de los recursos, el patrimonio y el desempeño de sus servidores públicos.





No hacer su trabajo, actuar con ineficiencia o simular investigaciones también constituye una forma de corrupción. Sus consecuencias trascienden a las instituciones, afectan a la sociedad y pueden poner en riesgo actos jurídicos fundamentales del Estado de Derecho. En el caso del INE, incluso los procesos electorales para elegir gobernadores, diputados federales y locales, así como ayuntamientos en todo el país.

Es momento de definiciones. La presidenta de México debe poner por encima de cualquier interés su autoridad legal, política y moral para detener los excesos en el ejercicio del poder. No se trata de ganar aplausos ni de buscar respaldo popular. Se trata de cumplir el mandato para el que fue electa. Porque no actuar, tolerar o encubrir también puede convertirse en una forma de corrupción alentada desde las más altas esferas del poder.

Ante la crisis que hoy deja tan mal parado a uno de los organismos que durante años gozó de enorme credibilidad, la disyuntiva es clara: emprender una verdadera cruzada contra la corrupción o continuar por el camino de la destrucción institucional, poniendo en riesgo el futuro de las generaciones que estamos obligados a entregarles una nación mejor.


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