Mtro. Jesse Martínez
El
próximo martes 27 de octubre se celebrarán elecciones en Israel,
país con sistema de gobierno parlamentario, donde el Knéset
(parlamento) se compone de 120 escaños y los ciudadanos votan por
las listas de los partidos políticos en un formato de representación
proporcional con una sola circunscripción nacional. Es decir, el
voto se emite por un partido que postula una lista preestablecida de
sus candidatos al Knéset.
Una vez elegidos los parlamentarios
que conformarán la Knéset, de entre ellos eligen al primer
ministro, quien será la cabeza del gobierno. Esta dinámica está
pensada para formar alianzas entre partidos y repartir los espacios
del poder ejecutivo. Actualmente quien dirige el gobierno israelí es
Benjamín Netanyahu, quien para lograr integrar su gobierno ha tenido
que aliarse con partidos extremistas de derecha y posturas sionistas
(literalmente).
Esta próxima elección es fundamental, pues
será la primera posterior al ataque de Hamás el 7 de octubre de
2023 y a la guerra que Israel ha librado con Irán. Pero más aún,
esta elección es previa a las elecciones intermedias de Estados
Unidos y en medio de una creciente tensión con Irán que, según
estimaciones de analistas expertos, podría desembocar en un nuevo
episodio bélico a gran escala. Es por eso que el 27 de octubre se
vislumbra como una fecha fundamental donde el electorado israelí no
solo decidirá a sus nuevos representantes, sino también uno de los
capítulos más complicados de la política internacional
actualmente.
Una figura clave en esta trama es Benjamín
Netanyahu, del partido Likud (nacionalista y conservador), quien ha
ocupado el cargo de primer ministro desde 2022 liderando la coalición
de derecha antes mencionada. Por un lado, se le cuestiona por casos
de corrupción y también por su política de seguridad nacional, que
no ha logrado asestar una derrota definitiva a Irán, la incursión
en Líbano, además de cuestionamientos y condenas internacionales
por el genocidio palestino en Gaza y el desplazamiento de poblaciones
en Cisjordania. Paralelamente, sus partidarios apoyan su gestión
argumentando su sólida experiencia política y diplomática, además
de sus decisiones tajantes respecto a la seguridad nacional y su
influencia en Washington y con el presidente Donald Trump.
Uno
de los principales competidores es Naftali Bennett, del partido
Beyachad, de orientación nacionalista y conservadora, pero más
dispuesto a alianzas tendientes al centro del espectro político.
Bennett fue primer ministro de Israel entre 2021 y 2022; su figura
representa sobre todo la posibilidad de un gobierno israelí más
allá de la figura de Netanyahu y sin depender de él, abriendo la
posibilidad de incluir a diferentes fuerzas políticas
ideológicamente diversas. Cabe destacar que la postura de Bennett no
representa una ruptura total con la línea de acción actual del
gobierno israelí; es, más bien, una alternativa de reorientación
política respecto a Benjamín Netanyahu, pero sin alterar la esencia
de la extrema derecha.
Pero en estas elecciones el mayor
oponente de Benjamín Netanyahu y su partido Likud es un exjefe del
Estado Mayor de las Fuerzas de Defensa de Israel, el exmilitar Gadi
Eisenkot, del partido Yashar. Su propuesta se organiza en dos ejes.
En materia de seguridad, plantea fortalecer las Fuerzas de Defensa de
Israel, mejorar las capacidades de respuesta armada y la estrategia
de seguridad nacional; en el fondo, hacer de Israel una potencia
militar que imponga su agenda (aún más que ahora) y negocie desde
una posición de fuerza. En el plano institucional, impulsa el
fortalecimiento del poder judicial, la profesionalización del
servicio público y la limitación de los mandatos que una persona
pueda ejercer como primer ministro, además de reducir el número de
ministerios existentes. Un punto de contraste con Netanyahu es el
servicio militar: mientras el actual primer ministro ha dado una
excepción a los grupos ultraortodoxos a cambio de apoyo político de
los partidos de esa corriente religiosa, Eisenkot propone un servicio
militar obligatorio para todos, incluidos los ultraortodoxos, con
ciertas adecuaciones. Es importante mencionar que Israel no tiene una
constitución como tal; su sistema institucional se sustenta en
diferentes leyes generales.
Israel,
a pesar de aparentar fortaleza y capacidad de fuego, es reo de sus
propias circunstancias: un líder político que ha concentrado un
gran poder, Benjamín Netanyahu, y cuya figura parece absorber la
estabilidad institucional del régimen y del Estado; un repudio
internacional por el genocidio en Gaza; una presión cada vez mayor
respecto a la creación de un Estado palestino; la amenaza creciente
a una nueva guerra abierta con Irán y los costos que esta pudiera
traer consigo; una relación cada vez más riesgosa con Turquía y,
no de menor importancia, una crisis económica. El presupuesto
enfocado al sostenimiento de la guerra, la fuga de empresas y
trabajadores especializados, la escasez de mano de obra y la
incertidumbre han golpeado severamente la economía israelí.
Todos
estos elementos hacen de la próxima elección en Israel un punto
clave que definirá el futuro del país y, al menos, la seguridad de
toda la región de Medio Oriente. Los ciudadanos israelíes tendrán
que tomar una decisión de implicaciones internacionales desde un
voto nacional. Fundamentalmente, responderán a la pregunta: ¿hay
seguridad nacional más allá de Netanyahu? ¿O será que Netanyahu
ha conseguido encarnar en su puesto a la seguridad nacional? El
riesgo es que una persona con el autoritarismo de Netanyahu tome una
decisión difícil para conservarse en el poder, como ya lo ha
mostrado antes la historia; por ejemplo, desencadenar una guerra o
ataques contra Irán para declarar estado de excepción y cancelar
las elecciones, o ser en efecto reafirmado en su cargo y esperar el
recrudecimiento del genocidio palestino y una guerra continua contra
Irán. Pronto tendremos la respuesta.


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