Agustín
Villanueva Ochoa
“Sapere Aude”.
Cada
octubre, Zapotlán recupera un antiguo reglamento. Nadie lo ha
escrito, pero sus reglas empiezan a cumplirse en la ciudad.
Se
dice que la primera regla sirve de advertencia: “salir con prisa es
un volado”. Hay más movimiento, rutas que requieren creatividad y
días en los que llegar de un punto a otro exige planeación y
paciencia. Curiosamente, eso no impide que sigamos saliendo. Entre
conciertos, toros de once, juegos mecánicos y aquellos en los que
parece sencillo ganar un peluche o una caja de galletas, siempre hay
algún pretexto para no estar en casa. La agenda social se amplía y
uno termina coincidiendo con zapotlenses que viven a diez minutos de
distancia, pero parecen radicar en otro continente el resto del
año.
Los rumores confirman una regla fácil de recordar, pero
difícil de cumplir: “sólo voy un rato”. Una vuelta se convierte
en dos; alguien propone echar una platicada y el plan de treinta
minutos empieza a requerir logística. También entra en escena el
“ahorita nos vamos”, cuya duración es todavía un
misterio.
Entre tantas reglas hay una que se vive con especial
respeto: “la que se hereda año con año”. Del 13 al 23 de
octubre se desarrolla la Fiesta Juramentada a Señor San José,
Patrono y Protector de Zapotlán. Una devoción convertida en promesa
de fe tras el sismo del 22 de octubre de 1749. El último domingo de
septiembre comienza la cuenta regresiva y llega el tradicional
Reparto de Décimas. La mayordomía —elegida mediante sorteo anual—
coordina los preparativos desde mucho antes de octubre. Danzantes y
sonajeros inician sus ensayes con semanas de anticipación y, durante
las fiestas, diversos grupos peregrinan hasta la Catedral para
participar en la eucaristía. El día 23 no perteneció a la promesa
inicial, pero con los años pasó a ser una extensión de la fiesta y
el corazón de la celebración. Los cargadores tienen la distinción
y la responsabilidad de llevar en hombros el trono de la Sagrada
Familia, mientras a su alrededor avanzan las Guardias de Honor,
carros alegóricos, danzantes, sonajeros y fieles que acompañan el
recorrido. Para muchas familias, participar o presenciar este
encuentro forma parte de una tradición que Zapotlán ha transmitido
por generaciones.
Arreola dejó escrita otra regla, aunque
nunca la nombró así: “para hablar de la Feria, primero hay que
escuchar a Zapotlán”. Instituida en 1925, la celebración llegó a
la literatura con La
feria (1963), donde el
pueblo toma la palabra entre temblores, amores, trabajo, confesiones
y preparativos para San José. Más de sesenta años después, muchas
de esas voces siguen encontrando eco.
Hay otra regla que nadie
acordó: “casi todos terminamos hablando de lo mismo”. Quien ya
fue cuenta lo que encontró y quien todavía no va pregunta qué hay.
Quienes viven fuera reciben imágenes, videos y mensajes con todos
los pormenores. Durante unas semanas, la Feria consigue poner a buena
parte de Zapotlán dentro de la misma conversación.
El
reglamento de octubre sigue sin sellos, firmas ni fecha de
vencimiento. Aunque nadie conoce la versión completa, siempre queda
alguna regla por descubrir.
¿Para qué publicarlo? Octubre
llega y en Zapotlán nadie necesita explicaciones.

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