miércoles, 28 de octubre de 2026

Acordes de nostalgia: Zapotlán en los versos de María Cristina Pérez Vizcaíno

 

Foto: Archivo del Sr. Roberto Sánchez.


Mar Pérez


Hoy 29 de octubre cuando se cumplen 110 años del nacimiento de María Cristina Pérez Vizcaíno es una magnífica ocasión para leerla. Octubre es también el mes de las fiestas de Ciudad Guzmán. El domingo 14 de octubre de 1951, El Informador publicó en la página 2 de su sección literaria su poema “A Zapotlán”. El texto que entonces quedó en segundo lugar en los Juegos Florales de Zapotlán hoy puede leerse completo en Poesía reunida (Puertabierta, 2019, páginas 82 a 85).




Ciudad Guzmán es hoy muy distinta al pueblo que describió la voz poética de Pérez Vizcaíno, se ha convertido una ciudad media con fiestas de octubre muy distintas a las que ella conoció. Si bien el poema omite la fiesta tradicional a San José que culmina el 23 de octubre, está presente el pueblo al que siempre vuelven quienes emigraron en busca de un mejor futuro. El texto habla de lo que esas personas recuerdan a su regreso: la plaza, la estación, el cerro. La voz poética describe a la ciudad desde el refugio de la nostalgia.





María Cristina escribía de noche. Según las cartas que cita Ada Aurora Sánchez Peña en la presentación de
Poesía reunida, su pasatiempo favorito era mirar las estrellas desde la azotea. Esa mirada contemplativa y pausada se nota en el poema. Se puede seguir como un paseo de un día completo. Arranca con el recuerdo de la niñez, “el bullicio y la escuela”, “la fácil geografía de tus calles”. Sigue por la plaza del jardín con su “reloj de juguete” y por la Parroquia, cuyo “bronce mayor” habla del pasado. Pasa por los patios “en éxtasis de perfume y corolas”. Ahí una fuente “canta sus poemas a solas”. Cae la noche con un cocuyo, con las consejas que rondan los zaguanes y con un ladrido “mensurando callejas”. Después vienen las madreselvas, los jazmines y un gallo que “fulgura una bengala”. Amanece en el Cerro de la Cruz, “trampolín del sol”. El recorrido termina en la Estación y en la Calzada.


Lo mejor está en las imágenes sonoras y visuales. La musicalidad de sus versos tiene una raíz profunda. María Cristina estudió piano y poseía gustos musicales muy definidos. La educación de su oído destaca en la construcción del paisaje auditivo del poema: Las calles son “trozos musicales”; a la vista, las calles empedradas son “peces al sol” con escamas; las neblinas dibujan los perfiles del pueblo “al gis” y el alba salta “con su traje de luces”. La poeta demuestra un enorme oficio literario al usar palabras coloquiales como empedrado, neblina o cerro para generar con ellas imágenes inolvidables.
Quien conoce la poesía española del siglo XX reconoce de inmediato el procedimiento poético que hizo célebres a los poetas de la Generación del 27 y que consiste en convertir una cosa cotidiana en otra a través de una metáfora que sorprende y se arraiga. La presentación de
Poesía reunida, a cargo de Ada Aurora, cuenta que ella leyó a Lorca y a Antonio Machado durante su juventud en España. La familiaridad estilística con estos autores se percibe en cada verso.





Con la Generación del 98 el parecido es de fondo, hay un paisaje que es memoria. Así como Machado escribió sobre Castilla como un lugar que se lleva por dentro, María Cristina escribió en España el poema “A un pueblo de Castilla” antes de dedicarle versos a su terruño. En “A Zapotlán” ocurre algo idéntico. El pueblo se añora en la distancia.


El poema, que empieza con la palabra “Porque” parece responder a una pregunta y termina con las mismas palabras de su apertura en distinto orden. Pasa de “minúscula voz de ausente melodía” a “minúscula voz de melodía ausente”. Es un recurso circular que deja al pueblo intacto la memoria.


Foto: Archivo del Sr. Roberto Sánchez.



Llama la atención el uso del plural. La autora habla de “nuestra niñez” y “nuestras esperanzas”. En la Calzada, antiguo “estadio de nuestras esperanzas”, vuelven los recuerdos “con cielos distantes y extranjeras auroras”. Se infiere una referencia al viaje familiar realizado de Zapotlán a España, pero también funciona como voz colectiva de quienes regresan cada octubre. Son personas que se fueron y reconocen el pueblo a pesar de los cambios.


La noche del poema se oye en voz baja. Apenas suenan un reloj, un gallo y un ladrido. La noche actual tiene otro volumen: hoy Ciudad Guzmán resuena con la banda, los cohetes, los equipos de sonido por las calles y el estruendo de los chicotazos marcando el paso de las cada vez más numerosas danzas. Aun con todo este ruido, el pueblo conserva su esencia.


A los diecisiete años, María Cristina ya había hecho algo parecido. El 3 de noviembre de 1933 fechó en Madrid el poema “A Ciudad Guzmán con todo mi cariño”. El texto tiene las rimas, las exclamaciones y la intensidad de una adolescente. Evoca al pueblo “desde España”, entre la nieve. Añora el sol, los potreros y los pájaros del prado. Es la misma nostalgia de quien está lejos.


A 110 años de su nacimiento, los ensayos y análisis en torno a su obra son invaluables para dimensionar su talento. El mejor homenaje para una autora siempre será leerla. Hay que dejar que su voz poética nos hable al oído. Permitamos que sus versos caminen otra vez por las calles de Zapotlán.



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