Fernando G. Castolo*
La ciudad colapsó. Evidenció la fragilidad de sus construcciones, dejando escombros hacinados donde hubo casas y calles bien trazadas. Es cierto, para esa fecha no existía un reglamento local y, por lo mismo, cada cual edificaba según sus propios criterios. En qué momento se perdió la memoria como para no aplicar elementos estructurales que le dieran firmeza a las mismas.
Las viejas casas de adobe del centro poblacional quedaron intactas, pero muchas modernas en las que intervinieron especialistas perecieron en el movimiento. Bueno, también es importante acotar que solamente algunas zonas de la ciudad fueron devastadas, pero otras secciones no sufrieron las fatales consecuencias.
Hay edificaciones que cuentan más de doscientos años en pie, dentro de la mancha urbana (como la casa y Portal de Sandoval), y perviven como imagen perpetua de una vieja postal. Ahora bien, las nuevas construcciones, muchas de ellas con diseños verticales, seguramente que están implementando estrategias bien estructuradas, desde los cimientos, reconociendo las condiciones especiales de nuestros suelos, de lo contrario, un nuevo movimiento telúrico de gran intensidad, provocaría más colapsamientos y, por ende, mayor número de muertes en la población; entonces, ello se traduciría en que no hemos logrado superar expectativas a pesar de la experiencia.
Se supone que las políticas, desde la parte gubernamental, para asistir y coincidir con los calculistas, deben de elevar su nivel profesional y de criterios a fin de garantizar los menos desastres en medio de un fenómeno sísmico. A estas alturas no se puede argumentar desconocimiento sobre el comportamiento del valle de Zapotlán, y mucho menos se debe de improvisar en las directrices normativas a considerar en la autorización de nuevas construcciones que siguen modificando el panorama urbano de la ciudad. Hoy, 41 años después, aún despertamos y nos acostamos con la incertidumbre…
*Cronista Oficial de Zapotlán el Grande.

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