Héctor
Olivares Álvarez
La gente suele comentar lo rápido que se envejece. Uno abre los ojos incrédulo, como si no nos hubieran estado avisando desde hace años y, de repente, ya es viejo. La inexorable lógica del calendario nos revela que la amenaza avanza con cada cumpleaños, pero seguimos actuando como si el tiempo que discurre no fuera con nosotros.
Con el tiempo vamos acumulando un número de carencias (clínicas, funcionales, cognitivas, sociales), generando lo que se conoce como Índice de Fragilidad. La fragilidad tiene una base fisiopatológica bien definida, resultado de la interacción entre envejecimiento biológico, inflamación crónica y pérdida de masa muscular. La Organización Mundial de la Salud (OMS), reconoce la fragilidad como un estado clínico que refleja la pérdida de capacidad intrínseca y funcional, especialmente en el contexto del envejecimiento, destacando la fragilidad como un marcador clínico de vulnerabilidad.
Este síndrome, caracterizado por una disminución progresiva de la reserva fisiológica y de la capacidad de adaptación ante situaciones de estrés, incrementa la vulnerabilidad ante eventos adversos como caídas, hospitalizaciones, dependencia y muerte. Estudios recientes han demostrado que la fragilidad precede a la discapacidad, actuando como un predictor clínico de deterioro funcional. Pero, ojo, esta vulnerabilidad no debe entenderse como una consecuencia inevitable de la edad, sino entenderla como una condición potencialmente reversible si se detecta a tiempo. Desde el punto de vista ético, la detección de la fragilidad plantea retos importantes. Identificar precozmente a una persona como "frágil" implica asumir responsabilidades clínicas y sociales: evitar el etiquetado estigmatizante, garantizar una atención centrada en la persona y respetar sus valores y preferencias en la toma de decisiones. Además, la detección debe ir acompañada de una intervención adecuada, evitando que el diagnóstico se convierta en una mera constatación sin consecuencias terapéuticas.
El impacto esperable de una detección sistemática y estructurada de la fragilidad es profundo. Permite anticipar complicaciones, optimizar los recursos asistenciales, personalizar los planes de cuidados y mejorar la calidad de vida de las personas mayores. La implementación de programas de detección oportuna han demostrado reducción en la progresión hacia la dependencia y mejoras en la funcionalidad mediante intervenciones educativas, nutricionales y de ejercicio físico.
Mario Benedetti, poeta Uruguayo, dijo sobre la vejez:
“Aquí no hay viejos solo nos llego la tarde. Viejo el mar y se agiganta. Viejo el sol y nos calienta. Vieja es la luna y nos alumbra”.

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