Víctor
Hugo Prado
Cuando despertó, ya tenía invadida su
residencia, su tierra, su patria. Fuerzas extranjeras lo habían
capturado y se lo llevaron. Para algunos fue un secuestro; para
otros, una aprehensión por delitos de narcoterrorismo. Hay quienes
sostienen que la intervención militar estadounidense era la única
vía para desmantelar el régimen; otros creen que debió ser el
propio pueblo, con el respaldo de sus fuerzas armadas, quien le
arrebatara el poder. Lo cierto es que el desafío lanzado —“vengan
por mí, cobardes”— tuvo respuesta. Y tras su caída quedó un
país sumido en el miedo, la desesperanza y la devastación
institucional.
Durante años, el régimen sustituyó el Estado
de derecho por el carisma autoritario y el uso sistemático de la
fuerza. Junto con su antecesor, desmanteló la democracia venezolana:
violó la Constitución, reescribió la historia oficial, corrompió
a la cúpula militar otorgándole recursos, empresas y privilegios,
purgó a jueces independientes, censuró a la prensa, manipuló
elecciones y persiguió a la disidencia. A la par, la depredación
ambiental avanzó sobre selvas y bosques sin controles ni rendición
de cuentas.
Para fabricar una ilusión de bienestar, el
gobierno convirtió los apoyos sociales en espectáculo. Se repartían
electrodomésticos —lavadoras, refrigeradores, televisores— que
no solo paliaban momentáneamente la pobreza, sino que servían como
vehículos de propaganda oficial. La política social dejó de ser
una herramienta de desarrollo para convertirse en un instrumento de
control.
La corrupción creció de manera descomunal. Los
recursos petroleros fueron saqueados y utilizados para comprar
lealtades internas y externas. En
nombre de la llamada Revolución Bolivariana, se financiaron
movimientos políticos en otros países con el objetivo de exportar
un modelo autoritario en América Latina. Mientras tanto, la economía
venezolana colapsó: entre 2013 y 2021 el PIB cayó más de 80%, la
pobreza superó el 86% y cerca de nueve millones de personas se
vieron forzadas a emigrar, muchas como perseguidos políticos y otras
por la simple imposibilidad de sobrevivir.
El método fue
claro: dividir a la sociedad por ideología, origen, raza o forma de
vida; sembrar desconfianza, silenciar voces críticas y convertir al
adversario en enemigo. Hubo cárcel para opositores, fraudes
electorales reiterados y violaciones sistemáticas a derechos humanos
básicos como la libertad de expresión, tránsito y reunión. No
pocos analistas calificaron al régimen como un narcoestado.
Los
signos y síntomas del chavismo-madurismo deben servir de advertencia
a México. La tentación de eliminar contrapesos, reducir a la
oposición —como ocurriría con la desaparición de espacios
plurinominales— y concentrar el poder es el primer paso hacia el
autoritarismo. Si la democracia se erosiona desde la ley, cuando
despertemos, tal vez también descubramos que la patria ya ha sido
invadida.

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