I
La luna y los vientos
Me
asomé por la ventana y entonces vi, en lo alto del firmamento, un pedazo de
luna. Los fuertes vientos de la tarde habían limpiado el cielo. Y en ese
instante lo vi abrigado de azul, limpio de nubes y con una luz ya mortecina en
el ocaso. Unas radiantes nubes, como de oro, se vislumbraban en lo que para mí
—a la altura del piso de la casa— es el horizonte. Los aires habían corrido
toda la tarde hasta alcanzar, en ciertos momentos, una velocidad de sesenta
kilómetros. Su fuerza, en algunos espacios de la ciudad había derribado
árboles, y levantado el polvo que ahora ya no era visible.










