miércoles, 13 de mayo de 2026

Vacaciones largas, educación corta

 


Víctor Hugo Prado



La propuesta de adelantar más de un mes el periodo vacacional para millones de estudiantes de educación básica terminó exhibiendo algo más profundo que una mala decisión administrativa: la desconexión entre el discurso oficial y la realidad educativa del país. Padres de familia, especialistas, docentes e incluso la Comisión Nacional de los Derechos Humanos advirtieron sobre los riesgos de extender las vacaciones del 5 de junio al 31 de agosto bajo el argumento de las olas de calor y el Mundial de Futbol 2026. No era un capricho. Una suspensión tan prolongada dejaría a millones de niñas y niños sin supervisión mientras sus padres trabajan, incrementando riesgos de accidentes, violencia y rezago educativo.



La presión fue tal que la Secretaría de Educación Pública tuvo que retirar la propuesta. Sin embargo, la respuesta posterior del secretario fue aún más preocupante que la iniciativa misma. Afirmar que después del 15 de junio las escuelas se convierten en “estancias forzadas” y que los aprendizajes son prácticamente nulos constituye una admisión alarmante del fracaso institucional. Si el propio responsable de la política educativa considera improductivo el cierre del ciclo escolar, entonces el problema no son los días de clase, sino la incapacidad del sistema para hacerlos valiosos.

México no atraviesa precisamente un momento óptimo para reducir presencia escolar. Los resultados de OCDE en la prueba PISA 2022 fueron devastadores: el país se ubicó entre los peores evaluados en matemáticas y comprensión lectora, retrocediendo en matemáticas a niveles similares a los de 2003. Dos décadas perdidas.

La situación estructural es todavía más grave. Según datos recientes de la UNESCO, México permanece estancado en materia educativa. Siete de cada diez primarias carecen de acceso adecuado a internet y equipo tecnológico; la cobertura neta en educación básica cayó al 89%, lo que significa que millones de menores están fuera de las aulas; y la inversión educativa apenas ronda el 3% del PIB, muy lejos del mínimo internacional recomendado, entre el 4 y 6%.

En este contexto, resulta absurdo plantear menos tiempo escolar como solución. El calor es real y el cambio climático exige respuestas urgentes, pero la salida no es vaciar las escuelas, sino modernizarlas. Ventilación, infraestructura digna, conectividad, capacitación docente y modelos pedagógicos eficaces deberían ser la prioridad.





Los maestros, además, continúan atrapados entre reformas improvisadas y cambios sexenales que utilizan a la educación como bandera política. México necesita instituciones educativas sólidas y organismos autónomos que evalúen con rigor qué están aprendiendo realmente los estudiantes.

La educación pública no puede seguir administrándose con ocurrencias. Porque mientras otros países discuten cómo enseñar mejor, aquí seguimos debatiendo si vale la pena enseñar más tiempo.


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