Víctor Hugo Prado
No
se trata de una declaración aislada ni de un exabrupto diplomático.
Las recientes posturas del embajador de Estados Unidos en México,
Ronald Johnson, configuran un mensaje consistente: la corrupción, el
narcotráfico y la extorsión no solo son problemas de seguridad,
sino obstáculos estructurales para la inversión y el desarrollo.
Durante la presentación del proyecto energético Mexinol en
Topolobampo, lo dijo sin rodeos: ninguna empresa compromete capital
donde no hay reglas claras ni rendición de cuentas efectiva.
El
señalamiento cobra mayor relevancia cuando se observa en conjunto
con otras intervenciones recientes. Días antes, tras la muerte de
dos agentes en Chihuahua, el embajador recordó los riesgos que
enfrentan quienes combaten al crimen. Poco después, respaldó
señalamientos del Departamento de Justicia de Estados Unidos contra
funcionarios sinaloenses, subrayando que la corrupción que facilita
al crimen organizado será investigada cuando exista jurisdicción.
El mensaje es claro: la relación bilateral está entrando en una
fase menos retórica y más operativa.
Ante ello, la reacción
más común en México ha sido la defensa automática bajo el
argumento de la soberanía. Sin embargo, conviene recordar la vieja
máxima: no matar al mensajero. Descalificar la crítica externa no
elimina el problema interno. La colusión entre autoridades y crimen
organizado, la extorsión sistemática y la debilidad institucional
no son percepciones importadas; son realidades documentadas.
Los
datos lo confirman. De acuerdo con Transparencia Internacional,
México obtuvo 27 puntos sobre 100 en el Índice de Percepción de la
Corrupción 2025, ubicándose entre los países con peores
resultados. En paralelo, Estados Unidos ha endurecido su postura. La
reciente Estrategia Nacional de Control de Drogas 2026 condiciona la
cooperación con México a resultados tangibles: más extradiciones,
mayor incautación de precursores químicos y desmantelamiento de
laboratorios clandestinos.
No es un capricho. México se ha
convertido en un nodo clave en la producción y tránsito de drogas
sintéticas como el fentanilo y las metanfetaminas, cuyo impacto en
territorio estadounidense ha detonado una crisis de salud pública.
En ese contexto, Washington ha decidido pasar de la presión
diplomática a mecanismos más directos de exigencia.
El
discurso soberanista del gobierno mexicano puede ser políticamente
rentable, pero enfrenta límites evidentes. La interdependencia
económica y de seguridad entre ambos países no permite simulaciones
prolongadas. Si México no fortalece su Estado de derecho, otros
actores buscarán hacerlo desde fuera.
La disyuntiva es clara:
insistir en la negación o asumir la responsabilidad. Porque, al
final, el problema no es lo que dice el mensajero, sino la verdad que
estamos evitando enfrentar. Y esa, tarde o temprano, siempre termina
por imponerse.

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