Guillermo Jiménez
De El Universal, México, D.F.
De cuando en vez me gusta callejear, perderme en el dédalo de la ciudad antigua que todavía guarda el encanto virreinal y deleitarme en la decoración que intempestivamente nos asalta: un palacio de piedra sensibilizada con lindos arabescos, una puerta que ostenta orgullosa sobre el dintel el resto de un escudo, una reja forjada amorosamente como si fuese un verso de hierro, larga escalera de amplios peldaños donde chocaron las espuelas y las espadas de nobles caballeros, corredores de labrada arquería que supieron de melindrosas damas de la corte, muros de viejos claustros que nos dicen de almas inmaculadas y de oraciones temblorosas, iglesias, que a lo lejos, parecen viñetas de un libro de horas.


