Ramón Moreno Rodríguez*
Ya
hemos dicho en otras entregas que escribir no es como hablar. Por
desgracia, a pesar de las constantes prevenciones que los profesores
podemos hacer a nuestros alumnos, muchos vicios y descuidos del habla
se cuelan con suma facilidad en la escritura de no pocas personas que
empuñan la pluma. Casi siempre, por no decir siempre, estos dislates
son producto de un vil descuido, no de la ignorancia del que escribe.
Hoy quiero dedicar estas páginas a las tautologías.
Como
todos sabemos, las redundancias, también llamadas pleonasmos, son
vicios de la escritura y del habla que consisten en incluir palabras
o expresiones que repiten ideas de cosas que se acaban de decir, y
que, por lo tanto, quien lo escucha o lee, puede reparar sorprendido
por el descuido o, burlón, concluye apresuradamente que el emisor
quizá esté afectado por algún tipo de idiotez.
Los mexicanos
somos particularmente agudos con estas reiteraciones y más por burla
que por admiración, señalamos sardónicamente los dislates más
evidentes de los otros, como subir
para arriba
o entrar
para adentro.
Cuando viajé por primera vez a España descubrí que allá estas
formas (más del habla que de la escritura) son monedas de uso
corriente, incluso, que mucha gente las usan deliberadamente y no
reparan en ello, simplemente les parece muy normal.
Por
supuesto que mi oído mexicano, burlón, lo captó de inmediato, pero
la verdad es que nunca me atreví a señalarlo a nadie. ¿Es probable
que si hubiera estado en México sí lo hubiera hecho? No lo sé. Y
si me sorprendió tal uso generalizado de los pleonasmos, más me
sorprendió y hasta diría que me escandalizó cuando consulté por
primera vez un manual de redacción escrito en aquel país, pues se
les admitía sin más ni más. Ya hace muchos años de esto, por lo
tanto terminé por acostumbrarme a leer estas temeridades porque
todos los que después he consultado caen en el mismo contrasentido.
Por lo contrario, no conozco ningún manual mexicano de redacción
que los acepte o los disimule.
Con el paso del tiempo he
concluido que los manuales de correcta escritura españoles que han
caído en esta permisibilidad sólo lanzan un mensaje confuso a los
usuarios y perpetúan ese uso desagradable. Ignoro si lo hacen por
ser políticamente correctos o porque son dominados por las opiniones
de los que les precedieron. Pero haya sido la causa que fuere, flaco
favor le hacen a los que buscan orientación en esas páginas.
Aprendamos de lo que le pasó a la Academia con su ambigüedad ante
el uso de la tilde en las letras mayúsculas; fue tal el enredo que
llegué a escuchar a personas decir que la
Academia ordenaba que a las mayúsculas no se les debe escribir
tilde.
Y tan claro fue el error que en la ortografía de dicha institución
de 1999 abandonó dicha ambigüedad y afirmó taxativamente “El
empleo de la mayúscula no exime de poner tilde cuando así lo exijan
las reglas de acentuación. Ejemplos: Álvaro, SÁNCHEZ”.
Pues
tal decantamiento, a pesar de que ya han transcurrido más de veinte
años, no ha resuelto el problema porque este vicio se sigue
presentando; quizá menos, mucho menos en los últimos tiempos, pero
persiste como una mancha.
Vea el amable lector el cantinfleo de
los manuales de redacción de España. Dice uno “¿Está
bien dicho Sube para arriba? Sí, aunque se trata de una expresión
redundante, pues la acción de subir significa ‘recorrer yendo
hacia arriba’.
Buena la hemos liado, me dije, este es un manual que busca orientar a
los usuarios a escribir con corrección pero acepta lo incorrecto. Y
el argumento permisivo no terminó aquí pues a continuación
sostiene: “Estas
expresiones: subir
para arriba,
bajar
para abajo,
entrar
adentro,
salir
afuera,
son admisibles en el uso oral y coloquial de la lengua, donde se
utilizan generalmente con valor expresivo o enfático”.
Es
decir, el autor reconoce que estas afirmaciones son redundantes pero
las acepta porque sostiene que el que las utiliza busca darle un
valor enfático a su dicho. No podía estar yo más escandalizado.
Imagínese el lector a una persona que habla así, de la que uno está
a punto de concluir que padece dislalia, resulta que no, que hasta
medio poeta es para hablar porque en su discurso busca introducir
figuras retóricas como si fuera personaje de una comedia barroca,
que solo tales son poetas para hablar, pues riman sus alegatos.
No
es por hastiar, pero le pido al amable lector que trate de recordar
alguna ocasión en que ha escuchado a una persona (me refiero acá en
México, no en España) utilizar uno de estos pleonasmos. ¿Le parece
recordar el gesto de aquel interlocutor, pensativo y reconcentrado
buscando cómo dar más énfasis a sus palabras? No, por cierto. De
seguro, lo que recuerda (en el mejor de los casos), es que la persona
se rio por su torpeza y con una breve parentética que busca ser
humorística pero que es un lugar común, medio se corrigió,
agregando: perdón
por la rebuznancia.
Pobres
pollinos, ¿ellos que culpa tienen? En fin, regresemos al manual y
permítaseme una última cita; se cierra el párrafo que antes he
citado en dos ocasiones con una construcción precedida por un
conector contraargumentativo: pero
debemos evitarlas en los textos escritos.
¿Verdad que es para escandalizarse?
¿Entonces en qué
quedamos? ¿Se vale o no se vale? ¿Por qué se vale en el habla pero
se prohíbe en la escritura? ¿Estos vaivenes orientan al aprendiz o
lo confunden? ¿Un manual de redacción no debe de ser normativo,
sino que debe someter sus opiniones a la mayoría de votos, como si
se estuviera en un parlamento? ¿Si la mayoría de los usuarios de la
lengua usan los pleonasmos para hablar entonces es correcto hablar
así? ¿Eso parte del principio consensual del uso de la lengua? ¿Y
si se partió de ese principio, eso quiere decir que en España
(menos de 50 millones de habitantes) son más los usuarios de la
lengua que en Hispanoamérica (por arriba de 400 millones)?
Como
el lector ya lo ha captado, el tema da para más que una entrega de
estos breves artículos de difusión. Dejemos para la próxima
ocasión la respuesta a estas preguntas y otro tanto hagamos con la
conclusión de este espinoso asunto.
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Doctor en literatura española. Imparte clases en la carrera de Letras Hispánicas en la U de G, Cusur. ramon.moreno@academico.udg.mx

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