Puesto
que la mayoría de nosotros nacemos con una abundancia de deseos naturales, no
es de extrañar que a menudo les dejemos que se conviertan en exigencias que sobrepasan
sus propósitos originales. Cuando nos impulsan ciegamente, o cuando exigimos
voluntariosamente que nos den más satisfacciones o placeres de los que nos
corresponden, este es el punto en el que nos desviamos del grado de perfección
que Dios desea que alcancemos en esta tierra.

