miércoles, 30 de septiembre de 2026

Europa, ¿en dirección a la guerra?

 


Mtro. Jesse Martínez



La guerra entre Rusia y Ucrania está estancada, en un punto muerto que consume un sinfín de recursos y vidas humanas. Según una estimación de Donald Tusk, primer ministro de Polonia, Ucrania pierde entre muertos y heridos 27,000 soldados al mes; por otro lado, Mark Rutte, secretario de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), estima que las bajas rusas son de 30,000 mensuales. Por ambos bandos se tiene un desgaste sangriento donde, aparentemente, Rusia cuenta con ventaja por tener mayor población y capacidad de movilizar reservistas. Pese a la ventaja cuantitativa de Rusia, el estado actual del conflicto es de un desgaste insostenible a largo plazo.



Aun con esta carnicería, ninguno de los dos bandos es capaz de imponerse de manera definitiva o asestar un golpe demoledor a su oponente. Rusia avanza muy despacio con victorias tácticas que no dan el triunfo final, y Ucrania de vez en vez consigue repeler los ataques o retomar territorio. Paralelamente, ambos países se empeñan en llevar el desgaste y los costos de la guerra a la retaguardia enemiga. Rusia ataca sistemáticamente Kiev y otras ciudades ucranianas, mientras que Ucrania golpea las refinerías y cadenas de suministro rusas. En resumen, esta situación de mutuo desgaste puede extenderse indefinidamente o al menos por un amplio período. Sin embargo, otros países ven en este estancamiento la oportunidad de enfrentarse a una Rusia que está por sumar cinco años de guerra.
Antes de continuar es preciso señalar que Rusia es una de las dos mayores potencias nucleares a nivel mundial, con más de 4,000 ojivas. En diferentes ocasiones, Rusia ha planteado líneas rojas respecto a Ucrania, insinuando que de romperlas usarían su arsenal nuclear; sin embargo, esto no ha sucedido: se han roto dichas líneas rojas sin mayor consecuencia para Kiev.





Desde hace unas semanas, en distintos países de la OTAN, principalmente Alemania, Polonia y los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), se han reportado sabotajes y atentados a instalaciones civiles de infraestructura o suministro de energía, insinuando indirectamente que estos son provocados por agentes enviados desde Moscú. Además, drones rusos han realizado múltiples violaciones al espacio aéreo de Polonia y Rumania.
Tanto ha escalado la tensión que Alemania, Polonia, Reino Unido y Lituania han manifestado abiertamente su preparación para una guerra directa con Rusia. Incluso Polonia ha dejado entrever la posibilidad de desarrollar armas nucleares. Lo anterior no ha hecho ninguna gracia al Kremlin; por el contrario, Rusia ha señalado que en una guerra con estos países las armas nucleares serían su principal defensa.

Toda esta tensión y reorientación militarista de Europa occidental tiene una dirección ya definida: la guerra con Rusia, con la Rusia que no ha podido derrotar a Ucrania y que viene arrastrando un desgaste significativo desde 2022. Pero ¿realmente tanto los países europeos de la OTAN como Rusia están dispuestos a enfrentarse directamente?




La OTAN especula que Rusia lance un ataque limitado en pequeña escala contra uno de los países bálticos para poner a prueba la fortaleza y cohesión de la alianza militar. Es en este contexto que los sabotajes y atentados antes mencionados cobran un significado más oscuro. Es difícil pensar que Rusia, con el estancamiento militar en Ucrania, esté interesada en abrir un frente que va desde el Ártico de Finlandia hasta el mar Negro en Rumania (toda la frontera oriental de la OTAN). Y, si en todo caso, Rusia deseara provocar a la OTAN, ¿por qué hacerlo con tanto aviso y previsibilidad? ¿Acaso desea probar la reacción de sus adversarios y movimientos militares? Y lo más importante: ¿realmente Moscú está dispuesta a usar armas nucleares?

Pero también, ¿qué esperarían los europeos al enfrentarse a Rusia? ¿Salvar a Ucrania? Posiblemente, por el dinero y recursos que le han invertido. O quizás ver la coyuntura para provocar en Rusia una fragmentación territorial estimulando divisiones políticas y territoriales internas, replicar lo que sucedió con la Unión Soviética. Otra posibilidad más sutil podría ser presionar al Kremlin para provocar un cambio interno en las élites y el gobierno ruso de manera violenta, para derrocar a Vladimir Putin.





Por ambos lados no existe un motivo evidente e irrefutable que justifique —es decir, que genere una narrativa lógica y coherente— la guerra en Europa. Pese a ello, la dirección de los acontecimientos camina hacia la guerra. Cada paso, cada decisión, cada movilización de tropas y preparación bélica acerca a los países a la confrontación armada en vez de alejarla.

La Primera Guerra Mundial fue el resultado de similares amenazas y desplantes; todos se prepararon para luchar con la falsa ilusión de que no sucedería. Al final, un tiro inició un incendio que nadie esperaba. Ahora mismo estamos en ese escenario: todos van hacia la guerra esperando evitarla, pero la guerra empieza sin luchar; su inicio está en la retaguardia y ahora solo falta el primer disparo. Vale la pena recordar la frase del escritor checo Franz Kafka: “A partir de cierto punto no hay retorno”.


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