Mtro. Jesse Martínez
La
guerra entre Rusia y Ucrania está estancada, en un punto muerto que
consume un sinfín de recursos y vidas humanas. Según una estimación
de Donald Tusk, primer ministro de Polonia, Ucrania pierde entre
muertos y heridos 27,000 soldados al mes; por otro lado, Mark Rutte,
secretario de la Organización del Tratado del Atlántico Norte
(OTAN), estima que las bajas rusas son de 30,000 mensuales. Por ambos
bandos se tiene un desgaste sangriento donde, aparentemente, Rusia
cuenta con ventaja por tener mayor población y capacidad de
movilizar reservistas. Pese a la ventaja cuantitativa de Rusia, el
estado actual del conflicto es de un desgaste insostenible a largo
plazo.
Aun con esta carnicería, ninguno de los dos bandos es
capaz de imponerse de manera definitiva o asestar un golpe demoledor
a su oponente. Rusia avanza muy despacio con victorias tácticas que
no dan el triunfo final, y Ucrania de vez en vez consigue repeler los
ataques o retomar territorio. Paralelamente, ambos países se empeñan
en llevar el desgaste y los costos de la guerra a la retaguardia
enemiga. Rusia ataca sistemáticamente Kiev y otras ciudades
ucranianas, mientras que Ucrania golpea las refinerías y cadenas de
suministro rusas. En resumen, esta situación de mutuo desgaste puede
extenderse indefinidamente o al menos por un amplio período. Sin
embargo, otros países ven en este estancamiento la oportunidad de
enfrentarse a una Rusia que está por sumar cinco años de
guerra.
Antes de continuar es preciso señalar que Rusia es una
de las dos mayores potencias nucleares a nivel mundial, con más de
4,000 ojivas. En diferentes ocasiones, Rusia ha planteado líneas
rojas respecto a Ucrania, insinuando que de romperlas usarían su
arsenal nuclear; sin embargo, esto no ha sucedido: se han roto dichas
líneas rojas sin mayor consecuencia para Kiev.
Desde hace unas
semanas, en distintos países de la OTAN, principalmente Alemania,
Polonia y los países bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), se han
reportado sabotajes y atentados a instalaciones civiles de
infraestructura o suministro de energía, insinuando indirectamente
que estos son provocados por agentes enviados desde Moscú. Además,
drones rusos han realizado múltiples violaciones al espacio aéreo
de Polonia y Rumania.
Tanto ha escalado la tensión que
Alemania, Polonia, Reino Unido y Lituania han manifestado
abiertamente su preparación para una guerra directa con Rusia.
Incluso Polonia ha dejado entrever la posibilidad de desarrollar
armas nucleares. Lo anterior no ha hecho ninguna gracia al Kremlin;
por el contrario, Rusia ha señalado que en una guerra con estos
países las armas nucleares serían su principal defensa.
Toda
esta tensión y reorientación militarista de Europa occidental tiene
una dirección ya definida: la guerra con Rusia, con la Rusia que no
ha podido derrotar a Ucrania y que viene arrastrando un desgaste
significativo desde 2022. Pero ¿realmente tanto los países europeos
de la OTAN como Rusia están dispuestos a enfrentarse
directamente?
La OTAN especula que Rusia lance un ataque
limitado en pequeña escala contra uno de los países bálticos para
poner a prueba la fortaleza y cohesión de la alianza militar. Es en
este contexto que los sabotajes y atentados antes mencionados cobran
un significado más oscuro. Es difícil pensar que Rusia, con el
estancamiento militar en Ucrania, esté interesada en abrir un frente
que va desde el Ártico de Finlandia hasta el mar Negro en Rumania
(toda la frontera oriental de la OTAN). Y, si en todo caso, Rusia
deseara provocar a la OTAN, ¿por qué hacerlo con tanto aviso y
previsibilidad? ¿Acaso desea probar la reacción de sus adversarios
y movimientos militares? Y lo más importante: ¿realmente Moscú
está dispuesta a usar armas nucleares?
Pero también, ¿qué
esperarían los europeos al enfrentarse a Rusia? ¿Salvar a Ucrania?
Posiblemente, por el dinero y recursos que le han invertido. O quizás
ver la coyuntura para provocar en Rusia una fragmentación
territorial estimulando divisiones políticas y territoriales
internas, replicar lo que sucedió con la Unión Soviética. Otra
posibilidad más sutil podría ser presionar al Kremlin para provocar
un cambio interno en las élites y el gobierno ruso de manera
violenta, para derrocar a Vladimir Putin.
Por ambos lados no
existe un motivo evidente e irrefutable que justifique —es decir,
que genere una narrativa lógica y coherente— la guerra en Europa.
Pese a ello, la dirección de los acontecimientos camina hacia la
guerra. Cada paso, cada decisión, cada movilización de tropas y
preparación bélica acerca a los países a la confrontación armada
en vez de alejarla.
La Primera Guerra Mundial fue el resultado
de similares amenazas y desplantes; todos se prepararon para luchar
con la falsa ilusión de que no sucedería. Al final, un tiro inició
un incendio que nadie esperaba. Ahora mismo estamos en ese escenario:
todos van hacia la guerra esperando evitarla, pero la guerra empieza
sin luchar; su inicio está en la retaguardia y ahora solo falta el
primer disparo. Vale la pena recordar la frase del escritor checo
Franz Kafka: “A partir de cierto punto no hay retorno”.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario