Silvia Quezada
Las antologías suelen ser muestras de un género literario o de una temática específica. Mujeres poetas de Panamá reúne a más de cuarenta autoras con intereses distintos en cuanto a los temas que abordan, pero lo interesante de este libro, es que reúne voces de todos los puntos cardinales del Istmo. Es bilingüe porque está traducido al inglés, aunque podríamos considerar también la diversidad de lenguas de sus integrantes, escritoras de algunos pueblos originarios. El poema que abre el libro, de Algris Aldeano, es una joya de la diversidad lingüística que se percibe en el contexto cuando vemos a un occidental que cuestiona la raza de quien a todas luces es descendiente africana, y habitante actual del Darién, zona selvática y pantanosa en Panamá.
De las cuarenta escritoras que conforman el libro, diez de ellas estarán en Guadalajara para la celebración de la Feria Internacional del Libro. La antología se presenta el mismo día de la inauguración, el sábado 28 de noviembre, a las 5:30 de la tarde en el Salón F. Su editora, Sonia Ehlers, estará acompañada de otras nueve poetas: Mar Alzamora, BBP Bethancourt, Minerva Caballero, Ivette Camargo, Aura América González Beitia, Milvia Patiño, Doris Sánchez de Polanco, María José Sucre y Gloria Young. ¿Quiénes son estas autoras y cuáles sus formas y contenidos?
Mar Alzamora, maestra en artes contemporáneas, entrega una serie de poemas dedicados a la imposibilidad del amor eterno. Con un discurso refinado, lejano de las frases hechas y las cursilerías en que caemos todos los enamorados, muestra un camino reflexivo, al que llama “Confesión. No sé por qué, de pronto, me llenó el vacío /de la fecha de expiración/ que tiene todo en este mundo.” Nos lleva a pensar en la fugacidad del amor, de la convivencia, de todo aquello que, como los alimentos, nos nutre.
BBP Bethancourt, directora de Taller Cultura, presenta entre sus poemas, uno dedicado a Delmira Agustini, la escritora uruguaya asesinada a manos de su exmarido. Juega con el discurso del amor enfermizo de aquel hombre, quien no pudo tolerar que ella le pidiera el divorcio y la mató en un encuentro furtivo, para luego suicidarse él. Ambos rondaban los treinta años: “Que emprendieras la ruta del olvido y empezar de nuevo, fue suerte/ Más suerte no hubo cuando, por amor, Él decidió ahogarte en su sombra.”
Minerva Caballero, la profesora panameña, ofrece un texto de carácter social conmovedor y auténtico en “Rigor mortis”, en el cual se pregunta el por qué la sociedad lleva a un joven al suicidio, debido al acoso. Desglosa las mil preguntas alrededor de las voces que se apagan por voluntad propia: “Confieso esta rabia/ que se va colando despacito/por los ojos suplicantes sin monedas/en medio de este diálogo oscuro.” Un poema intenso, que cada vez que leemos nos sobrecoge y entristece, por su verdad desnuda y sus ocasiones repetidas.
Ivette Camargo, poeta del paisaje, versa sobre la luz del sol y la bondad del clima, pero su ojo va mucho más allá, mira al pájaro que quiere entrar en la foto para perpetuarse, a los seres inasibles, fortuitos y en ocasiones inciertos que transfiguran la mirada: “Las nubes amorfas/sobrevuelan los barcos/ aliadas con el puño del aire/que empuja su travesía/por este camino de dos mares.” Cada uno de sus poemas es una postal marítima o boscosa, pero siempre llena de luz, envuelta en palabra s de paz y suave sabiduría.
Sonia Ehlers, la creadora de la antología que nos ocupa, escribe para encontrarse. Rastrea su pasado y analiza su presente, como si en cada verso fijara una carta futura. El retrato de la escritora queda “Entre olores, sabores y amores”, composición en la cual se muestra con detalle cada arista de su entorno tropical, la plasticidad del paisaje, el olor del café que cubre las mañanas, la yema de huevo que como un sol ilumina cada amanecer. El ajuste de cuentas con el tiempo es severo, sin maquillajes: “resisto la embestida del tiempo/a sabiendas de la desigual contienda.
Aura América González Beitia, educadora intermitente, nos muestra llena de ritmo el íntimo paisaje del cuerpo, sin los pudores que cohíben, antes bien, llenos sus versos de una sensualidad galopante: “Tu rocío se columpia en mis labios/ y humecta la floresta de mi silencio;/ el vuelo del colibrí me hace guiños/ y despierto al ritmo de tu batuta/ entre mis caderas.” Esta “Fascinación sensual cubre algunos de los poemas, otros son meramente idílicos, como la poesía surgida de su tierra verde y tropical.
Milvia Patiño, química y docente, la escribe al final de la vida sin complicaciones retóricas ni símbolos ocultos. En “Manojo de lágrimas” une la flor y el llanto para asistir al camposanto y despedir al ser amado, logrando una viñeta literaria diáfana, cual postal mortuoria: “pronuncié un callado adiós/ para no romper la quietud de tu sueño/ya solo bastaba dejarte ir.” La escena poética se une a otras muchas de temas de corte social, le escribe al niño desvalido y a la mujer pública, así como al pesar del desamor nocturno.
Doris Sánchez de Polanco, maestra en literaturas comparadas, se tutea con el jinete, el sembrador y el colibrí, y mirando sus oficios describe y alaba sus tareas. El ritmo de sus trabajos se detiene ante la ensoñación del paisaje, del regalo que la tierra ofrece luego de la jornada larga: “Regresa a casa cuando la hoguera arde en esperanzas vanas/dejando pinceladas naranjas entre nubes grises y sombrías.” aunando los esfuerzos del hombre con el regalo de la naturaleza que lo circunda, siempre en actitud de espera.
| María José Sucre |
María José Sucre, psicóloga y fotógrafa, sensibiliza al máximo cada gesto y busca sanar a través del verso, no solo a su propia persona, sino a ciudades completas, como lo reflexiona al escribir acerca de la ciudad de Colón, ciudad criticada por muchos, pero en cuyo seno ella observa la esperanza: “En mis fotos yo veo cómo gloria y abandono/hacen una extraña fusión/Se mezcla arquitectura francesa y descuido (…) Yo creo que no estás perdido (…) fuiste grande/ y puedes volver a serlo.” Una sensibilidad que comparto respeto a la ciudad que aún respira.
Gloria Young, la poeta politóloga, nos remite al esfuerzo de los pueblos originarios por construir patria y señales de identidad. En “Canto al istmo soberano” nos recuerda que Panamá se ha ido edificando con suspiros convertidos en voces de lucha: “Las montañas, custodiadas por los ngäbes, /las cordilleras gunas que susurran al viento, /las selvas emberás que guardan secretos ancestrales, /y los rascacielos que rasgan las nubes, /son obra de manos istmeñas/de sueños que no se rinden.”

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