martes, 29 de septiembre de 2026

Cuando el poder le teme a la caricatura

 



Víctor Hugo Prado



Una democracia puede soportar una caricatura incómoda, un meme mordaz y una crítica que duela. Lo que no debería soportar es que quien toma el lápiz, escribe o publica tenga que preguntarse si hacerlo puede llevarlo ante un juez. Cuando el miedo comienza a decidir qué se publica y qué se guarda, la libertad de expresión deja de ser un derecho para convertirse en una concesión.



Por eso han provocado preocupación las dos iniciativas enviadas por la presidenta Claudia Sheinbaum al Congreso en materia de derechos de autor y propiedad industrial. Ambas tienen propósitos legítimos: combatir el uso ilegal de obras protegidas y evitar la falsificación o suplantación de identidades gráficas oficiales. El problema aparece cuando las herramientas creadas para combatir esas conductas pueden alcanzar, por su redacción o interpretación, expresiones de carácter político.

La reforma a la Ley Federal del Derecho de Autor pretende ampliar la responsabilidad de los proveedores de servicios de internet frente a infracciones cometidas por sus usuarios. El debate no está en si deben protegerse los derechos de autor —por supuesto que sí—, sino en qué mecanismos se utilizarán para retirar contenidos y qué garantías existirán para impedir que una reclamación termine afectando una expresión legítima de interés público.
La segunda iniciativa encendió todavía más las alarmas. El artículo 403 Bis de la Ley Federal de Protección a la Propiedad Industrial llegó originalmente con penas de tres a siete años de prisión para determinados usos comerciales de la identidad gráfica institucional y otros signos oficiales. Después de las críticas, las comisiones del Senado modificaron el texto y acotaron el supuesto a conductas realizadas a escala comercial con intención de inducir al error o al engaño para cometer un ilícito.




La modificación es relevante, pero deja una pregunta: ¿qué tan precisa debe ser una ley para que ningún caricaturista, periodista o ciudadano tenga que autocensurarse por miedo a una interpretación expansiva?

Porque ese es el verdadero peligro. No necesariamente que mañana alguien vaya a la cárcel por publicar un cartón, sino que hoy decida no publicarlo porque teme las consecuencias.

María Emilia Molina de la Puente lo explica en La Silla Rota: cuando una monera o un monero deja de publicar por temor a una denuncia, la pérdida no es únicamente de quien dibuja. También perdemos quienes dejamos de ver esa imagen, esa ironía, esa crítica capaz de mostrarnos el poder desde otro ángulo.




La caricatura política incomoda precisamente porque cumple una función democrática: pone al poder frente a un espejo que no controla.

Un gobierno democrático puede responder a una crítica, refutarla y considerarla injusta. Lo que no debería hacer es construir un marco legal que haga que quien pretende criticarlo tenga miedo de hacerlo.

Porque cuando el lápiz comienza a dibujar con miedo, el problema ya no es la caricatura. El problema es la democracia.


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