Víctor
Hugo Prado
Celebramos
los 50 años de creación de la Preparatoria Regional de Ciudad
Guzmán, como dependencia directa de la Universidad de Guadalajara.
Fundada en 1976, fue la segunda escuela de educación media superior
de la Universidad en el interior del estado, después de la de
Autlán. Era rector el arquitecto Jorge Enrique Zambrano
Villa.
Aquel acontecimiento significó mucho más que la
apertura de una escuela: sentó las bases para que la educación
media superior llegara a cada vez más jóvenes y que el derecho a
estudiar dejara de ser una posibilidad reservada para quienes vivían
en Guadalajara.
Cincuenta años después, son muchas las
historias que caben dentro de sus aulas. Egresados, alumnos,
profesores, trabajadores administrativos, jubilados, padres de
familia y autoridades tenemos alguna que contar. Para algunos, la
preparatoria fue el lugar donde descubrieron la profesión que habría
de acompañarlos toda la vida; para otros, el espacio donde nacieron
amistades que aún perduran, apareció el primer amor o se descubrió
la pasión por el deporte, la ciencia, las matemáticas, la física o
la filosofía. Otros encontraron ahí su vocación política,
sindical o académica.
Al final, todo es historia. Y cuando la
historia se desvela, nos permite comprender mejor los contextos,
reconocer las razones, valorar las partes y, sobre todo, dimensionar
el significado del conjunto.
En mi caso, son muchas las
historias que podría contar, pero hoy quiero detenerme en una.
Era
1989 cuando tuve la oportunidad de incorporarme a un cargo directivo
desde el que apoyaba tareas administrativas y de mantenimiento de la
dependencia. En la Universidad acababa de asumir la Rectoría el
licenciado Raúl Padilla López, a quien guardo un especial
reconocimiento por sus aportaciones a la educación media superior y
superior de Jalisco.
En su primer año de gestión planteó una
profunda transformación universitaria: sustituir el modelo de
escuelas y facultades por uno departamental, regionalizar la
educación creando centros universitarios que ofrecieran diversas
opciones de carreras en los principales polos de desarrollo del
estado e impulsar un crecimiento académico sin precedentes. La
propuesta encontró respaldo, pero también una fuerte oposición que
llegó a exigir la renuncia del rector.
En Ciudad Guzmán,
junto con muchos profesores cuyos nombres guardo con gratitud en la
memoria, defendimos la reforma. Defendimos también al rector y,
sobre todo, la institucionalidad universitaria. Hubo ataques
personales, debates intensos y una lucha que llegó al Consejo
General Universitario. Convencimos a sectores sociales, padres de
familia y estudiantes de que aquella reforma representaba una
oportunidad histórica para abrir las puertas de la Universidad a
muchos más jóvenes.
La reforma finalmente se hizo realidad y
con ella nació su mayor legado: la Red Universitaria de
Jalisco.
Hoy, al mirar esos cincuenta años, comprendo que
también nosotros somos parte de esa historia. Y quizá ese sea el
verdadero privilegio de pertenecer a una institución: saber que, en
algún momento, nuestras propias decisiones ayudaron a construir el
futuro de otros.

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