Fernando G. Castolo*
Los
recuerdos invaden estos días de cierto asueto en que me encuentro.
Llegan formas y olores que hacen esbozar una sonrisa, porque los
momentos son agradables. Los domingos, cuando en familia asistíamos
a misa, era obligada la parada en diversos puestos diseminados en
torno a la gran plaza central de Ciudad Guzmán.
Ahí, en
medio de aquellas delicias divertíamos las horas en la invención de
juegos infantiles, corriendo de un lado a otro y emitiendo gritos muy
de vez en cuando. Ya, cansados, nos acercábamos a nuestros padres y
expresábamos el antojo de algo que vimos.
Es cierto, había
limitantes económicas pero nunca dejaron de obsequiarnos aunque sea
un antojo. Así, en familia, consumíamos trozos de caña de azúcar,
cacahuates en cáscara, duros con salsa de botella, nieve de garrafa,
hot-cakes y churros azucarados.
En tiempo de Cuaresma también
hacían acto de presencia el pinole, los sopes de maíz y el esquite.
Eran delicias que gozaban de la humildad en su confección y
presentación, pero lograban agradar en demasía el paladar de
nuestros años niños.
Hace mucho tiempo que ya no procuro la
plaza principal en domingo pero, seguramente, las actuales
generaciones gustan de otros antojos que en gran diversidad se
ofertan. Los tiempos cambian, pero los recuerdos no y me soslayo en
ellos.

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