Mtro. Jesse Martínez
El
pasado domingo 4 de octubre se realizaron elecciones presidenciales
en la República Federativa de Brasil. Su sistema electoral es de
voto directo, al igual que en México, los ciudadanos votan
directamente por el candidato de su preferencia. Pero a diferencia de
nosotros, en Brasil existe el mecanismo de la segunda vuelta, es
decir, si ningún candidato obtiene por sí solo más del 50% de los
votos, entonces se realiza una segunda elección únicamente con los
dos candidatos más votados —esta lógica responde al postulado
teórico de generar gobiernos con suficiente legitimidad, construir
consensos entre los partidos políticos y candidatos, así como la
intención de sumar a las minorías que quedaron fuera de esa segunda
votación—. Otra diferencia es que el período presidencial es de
cuatro años y existe la posibilidad de reelección consecutiva.
En
estas elecciones brasileñas participaron seis candidatos a la
presidencia del gigante sudamericano, siendo solamente Flávio
Bolsonaro (senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro) del
Partido Liberal e Inácio “Lula” da Silva del Partido de los
Trabajadores los únicos con posibilidades reales de ganar la
elección. Los resultados finales fueron los siguientes: Flávio
Bolsonaro obtuvo el 47.03% de los votos, mientras que Lula el 45.16%.
El resto de los candidatos se dividieron el 7.81% de los votos. De
esta manera, la segunda vuelta se ha programado para el 25 de
octubre.
Otro punto que ha llamado la atención es la
influencia de las iglesias evangélicas en la intención del voto;
esta filiación religiosa representa casi el 27% de los votantes
totales. Según el diario Folha de S. Paulo, Flávio Bolsonaro tenía
entre los evangélicos el 52% de la intención del voto, mientras que
Lula solo el 26% entre estos grupos religiosos. Por otro lado, entre
los católicos el 50% favorecía a Lula y el 32% a Bolsonaro. De lo
anterior se concluye que la identidad o profesión religiosa influye
directamente en el electorado brasileño; además, los evangélicos
no son un bloque sólido ni unificado, tienen diferentes posturas
políticas, al igual que los católicos.
En este momento es
incierto saber quién ganará la segunda vuelta en Brasil y será
presidente. Lo que es un hecho es la polarización política
representada en ambos candidatos. Lula, candidato de izquierda,
propone un Estado como factor de desarrollo e inversión económicos,
garante de los derechos sociales, enfocado especialmente en la
protección de los sectores más vulnerables. Paralelamente, Flávio
Bolsonaro propone una reducción administrativa y presupuestaria del
Estado, reducir impuestos para promover la iniciativa e inversión
privadas, controlar el gasto público reorientándolo a una reducción
y mayor eficiencia. Estos puntos que se acaban de mencionar son solo
las ideas generales de cada uno en el ámbito económico y
social.
Pero la elección de Brasil tiene un factor externo, un
telón de fondo que parece opacar la obra democrática presentada en
el escenario electoral: la injerencia de los Estados Unidos y su
presidente Donald Trump.
Brasil es la mayor potencia económica,
poblacional y militar de América Latina; la proporción de su
tamaño, capacidad económica, recursos, fuerza e influencia
internacionales lo han convertido en un país capaz de proyectar
poder regional e internacional. Esto queda de manifiesto en su
membresía a los BRICS (bloque integrado originalmente por Brasil,
Rusia, India, China y Sudáfrica, que busca rediseñar la política
internacional posicionando a los países emergentes frente a los
países occidentales). Actualmente, el Brasil dirigido por Lula está
orientado a una autonomía soberana respecto a cualquier país,
siendo China su mayor socio comercial y acercándose a Rusia. Su
postura frente a Israel también es importante: ha denunciado el
genocidio cometido contra los palestinos y condenado las acciones del
gobierno de Benjamín Netanyahu. Flávio Bolsonaro, por su parte,
propone una alineación directa e íntima con Estados Unidos y
Occidente, respaldo total a Israel y un alejamiento político y
diplomático respecto a los BRICS, en especial de China.
En
este punto es sencillo cerrar la pinza y comprender que para Donald
Trump es fundamental la elección brasileña, pues con Flávio
Bolsonaro tendría bajo su esfera de influencia al último gran país
sudamericano que está fuera de su bloque. Además, en el continente
solo quedarían algunos países resistentes a la influencia de
Washington (Nicaragua y Cuba principalmente). Más aún, le
arrebataría a Rusia y China un aliado fundamental en América, así
como un país que ha sido punta de lanza en el hemisferio occidental
para cuestionar el orden internacional que se sustenta en el poder de
Estados Unidos y Europa. No solo es ganar Brasil, es también
desmantelar en buena medida la capacidad de China y Rusia de tener un
aliado político en tierras americanas.
Es importante destacar
que México es un caso distinto: somos el mayor socio comercial de
nuestro vecino del norte y no formamos parte de ninguna organización
o bloque que desafíe la hegemonía de Estados Unidos. El caso de
México responde más a las complejas relaciones demográficas,
económicas y de seguridad que se gestan en América del Norte.
Estados Unidos tiene un enorme poder sobre México, pero tampoco le
es posible, en este momento, simplemente excluirnos de su ecuación o
usar la fuerza bruta. Dentro de las fronteras estadounidenses existen
grandes divisiones políticas, étnicas y raciales; motivar un
descontento de odio y rencor entre la población de origen mexicano
no es algo que favorezca a Washington y a Donald Trump. Por lo cual,
México se cocina distinto.
Teniendo en cuenta lo anterior,
Brasil es el último cerrojo que Estados Unidos necesita para blindar
todo el continente y tener a su disposición los mercados, recursos
naturales e influencia internacional en el hemisferio occidental. Con
América bajo su control, desde Groenlandia (hace poco llegó a un
acuerdo con Dinamarca) hasta Tierra del Fuego, los Estados Unidos
están creando un búnker continental para enfrentar lo que pueda
suceder del otro lado de los océanos Atlántico y/o Pacífico. Ya
sea una guerra a gran escala, rebeliones sociales en Europa o
enfrentamientos en Medio Oriente, Estados Unidos está por conseguir
su parte del mundo, botín que no está dispuesto a compartir y que
considera una extensión de su territorio.

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