miércoles, 7 de octubre de 2026

Brasil, el último cerrojo


 

Mtro. Jesse Martínez



El pasado domingo 4 de octubre se realizaron elecciones presidenciales en la República Federativa de Brasil. Su sistema electoral es de voto directo, al igual que en México, los ciudadanos votan directamente por el candidato de su preferencia. Pero a diferencia de nosotros, en Brasil existe el mecanismo de la segunda vuelta, es decir, si ningún candidato obtiene por sí solo más del 50% de los votos, entonces se realiza una segunda elección únicamente con los dos candidatos más votados —esta lógica responde al postulado teórico de generar gobiernos con suficiente legitimidad, construir consensos entre los partidos políticos y candidatos, así como la intención de sumar a las minorías que quedaron fuera de esa segunda votación—. Otra diferencia es que el período presidencial es de cuatro años y existe la posibilidad de reelección consecutiva.



En estas elecciones brasileñas participaron seis candidatos a la presidencia del gigante sudamericano, siendo solamente Flávio Bolsonaro (senador e hijo del expresidente Jair Bolsonaro) del Partido Liberal e Inácio “Lula” da Silva del Partido de los Trabajadores los únicos con posibilidades reales de ganar la elección. Los resultados finales fueron los siguientes: Flávio Bolsonaro obtuvo el 47.03% de los votos, mientras que Lula el 45.16%. El resto de los candidatos se dividieron el 7.81% de los votos. De esta manera, la segunda vuelta se ha programado para el 25 de octubre.

Otro punto que ha llamado la atención es la influencia de las iglesias evangélicas en la intención del voto; esta filiación religiosa representa casi el 27% de los votantes totales. Según el diario Folha de S. Paulo, Flávio Bolsonaro tenía entre los evangélicos el 52% de la intención del voto, mientras que Lula solo el 26% entre estos grupos religiosos. Por otro lado, entre los católicos el 50% favorecía a Lula y el 32% a Bolsonaro. De lo anterior se concluye que la identidad o profesión religiosa influye directamente en el electorado brasileño; además, los evangélicos no son un bloque sólido ni unificado, tienen diferentes posturas políticas, al igual que los católicos.

En este momento es incierto saber quién ganará la segunda vuelta en Brasil y será presidente. Lo que es un hecho es la polarización política representada en ambos candidatos. Lula, candidato de izquierda, propone un Estado como factor de desarrollo e inversión económicos, garante de los derechos sociales, enfocado especialmente en la protección de los sectores más vulnerables. Paralelamente, Flávio Bolsonaro propone una reducción administrativa y presupuestaria del Estado, reducir impuestos para promover la iniciativa e inversión privadas, controlar el gasto público reorientándolo a una reducción y mayor eficiencia. Estos puntos que se acaban de mencionar son solo las ideas generales de cada uno en el ámbito económico y social.

Pero la elección de Brasil tiene un factor externo, un telón de fondo que parece opacar la obra democrática presentada en el escenario electoral: la injerencia de los Estados Unidos y su presidente Donald Trump.






Brasil es la mayor potencia económica, poblacional y militar de América Latina; la proporción de su tamaño, capacidad económica, recursos, fuerza e influencia internacionales lo han convertido en un país capaz de proyectar poder regional e internacional. Esto queda de manifiesto en su membresía a los BRICS (bloque integrado originalmente por Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica, que busca rediseñar la política internacional posicionando a los países emergentes frente a los países occidentales). Actualmente, el Brasil dirigido por Lula está orientado a una autonomía soberana respecto a cualquier país, siendo China su mayor socio comercial y acercándose a Rusia. Su postura frente a Israel también es importante: ha denunciado el genocidio cometido contra los palestinos y condenado las acciones del gobierno de Benjamín Netanyahu. Flávio Bolsonaro, por su parte, propone una alineación directa e íntima con Estados Unidos y Occidente, respaldo total a Israel y un alejamiento político y diplomático respecto a los BRICS, en especial de China.

En este punto es sencillo cerrar la pinza y comprender que para Donald Trump es fundamental la elección brasileña, pues con Flávio Bolsonaro tendría bajo su esfera de influencia al último gran país sudamericano que está fuera de su bloque. Además, en el continente solo quedarían algunos países resistentes a la influencia de Washington (Nicaragua y Cuba principalmente). Más aún, le arrebataría a Rusia y China un aliado fundamental en América, así como un país que ha sido punta de lanza en el hemisferio occidental para cuestionar el orden internacional que se sustenta en el poder de Estados Unidos y Europa. No solo es ganar Brasil, es también desmantelar en buena medida la capacidad de China y Rusia de tener un aliado político en tierras americanas.





Es importante destacar que México es un caso distinto: somos el mayor socio comercial de nuestro vecino del norte y no formamos parte de ninguna organización o bloque que desafíe la hegemonía de Estados Unidos. El caso de México responde más a las complejas relaciones demográficas, económicas y de seguridad que se gestan en América del Norte. Estados Unidos tiene un enorme poder sobre México, pero tampoco le es posible, en este momento, simplemente excluirnos de su ecuación o usar la fuerza bruta. Dentro de las fronteras estadounidenses existen grandes divisiones políticas, étnicas y raciales; motivar un descontento de odio y rencor entre la población de origen mexicano no es algo que favorezca a Washington y a Donald Trump. Por lo cual, México se cocina distinto.

Teniendo en cuenta lo anterior, Brasil es el último cerrojo que Estados Unidos necesita para blindar todo el continente y tener a su disposición los mercados, recursos naturales e influencia internacional en el hemisferio occidental. Con América bajo su control, desde Groenlandia (hace poco llegó a un acuerdo con Dinamarca) hasta Tierra del Fuego, los Estados Unidos están creando un búnker continental para enfrentar lo que pueda suceder del otro lado de los océanos Atlántico y/o Pacífico. Ya sea una guerra a gran escala, rebeliones sociales en Europa o enfrentamientos en Medio Oriente, Estados Unidos está por conseguir su parte del mundo, botín que no está dispuesto a compartir y que considera una extensión de su territorio.



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