Eduardo Ramírez Ruelas*
En
el año de 1979 llegó a Tamazulita un joven extranjero llamado Jens
Gotzsche Larsen. Lo conocimos siempre con sólo dos cambios de ropa,
mochila, cámara y su gorra característica. Tamazulita era en ese
tiempo un pueblo de pocas familias prácticamente aislado del resto
de las poblaciones jaliscienses: muy pocos iban a Guadalajara, nadie
leía el periódico de manera regular y nos enterábamos de los
sucesos por las noticias de la radio.
Ahora, después de 47
años, apenas nos enteramos que ese joven extranjero era un
estudiante de una universidad estadounidense que quizá estudiaba
antropología o sociología y que antes de venir a Tamazulita ya
había ido a estudiar a los jíbaros de las selvas ecuatorianas.
Llegó como empleado de la mina La Loba del Limoncito, un pequeño
poblado cerca de Tamazulita, pero dedicó su tiempo libre para
conocer la población de Tamazulita con afán de investigador
apasionado. El producto de ello fue un libro escrito en danés que
tituló: Tamazulita: La vida de un pueblito del centro de
México.
Alma Vera Ruelas, maestra de California y originaria
de Tamazulita se dedicó a conseguir una copia de ese libro y
gestionar su traducción al español. Yo recibí una copia y fui
invitado a participar en su presentación pública. Cuando lo leí
quedé sorprendido de las conclusiones a las que llegó Jens Gotzsche
Larsen y trataré de explicar lo medular de sus opiniones sobre el
pueblo en que nací.
Jens no vino como un experto de un país
desarrollado a enseñarnos algo. No intentó modificar nuestra forma
de vida. No vino a traernos conocimientos. Vino a conocer y observar
nuestra forma de vida de los años setenta. Vino a conocer la entraña
de nuestra forma de pensar y se fue maravillado con la forma de vida
de nuestro pequeño pueblo.
Descubrió que los países
desarrollados tenían mucho que aprender de los países del tercer
mundo. Que la felicidad de una población no depende de los ingresos
económicos de sus habitantes, ya que según sus reflexiones “No es
necesario trabajar tanto en los pueblos de México para vivir en
abundancia”, y cuando observó a las personas mayores de mi
comunidad escribió que quizá estos hombres mayores deberían ir a
Dinamarca a enseñar a los daneses como vivir mejor y que en los
pueblos rurales de México el dinero no tiene tanta relevancia porque
casi no se utiliza.
Al observar las familias numerosas de mi
pueblo y compararlas con las familias pequeñas de su país, estimó
que en Tamazulita el número de integrantes de una familia no
representa un problema, al contrario, en la familia numerosa hay más
personas para colaborar y hasta los niños tienen un rol importante
en la familia porque desempeñan tares determinadas en el hogar.
Además, los ancianos son cuidados por todos los integrantes de la
familia y no son enviados a asilos o casas de cuidados como sucede en
los países llamados desarrollados.
En fin, en cada aspecto de
la vida de Tamazulita Jens encontró razones suficientes para
concluir que el mundo estaba al revés al considerar que los países
desarrollados vivían mejor que los del tercer mundo. Ojalá los
estudiosos de la sociología actual lean las reflexiones de Jens para
que tengan una mirada distinta al estudiar las poblaciones y
desaparezca la idea absurda que los países en desarrollo no tenemos
nada que enseñar a los de primer mundo.
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