Fernando G. Castolo*
Don José Ojeda, entre más años acumula más sencilla es la vida para él. Con un dejo de sobrada humildad nos conduce por caminos novedosos de la vida, en la cual todo está resuelto pero, a la vez, existe un compromiso bien definido para coadyuvar con las necesidades del semejante. Como hombre de trabajo, le queda claro que para privilegiar la vejez, es preciso tener una dimensión de sacrificios, donde todo lo banal no tiene cabida.
Para él el sacrificio no significa privarse de las bondades de la vida, significa disciplina y congruencia con lo que se es y se aspira. Siendo un liberal de pensamiento, desprovisto del fanatismo que invade la mente de la mayoría, se aproxima a su propia trascendencia, a través de su conocimiento y enseñanza, dado que, siendo un hombre bondadoso, lo que más le entusiasma en darse hacia los demás, compartir sus propias experiencias y entusiasmar la vida para que otros sigan su ejemplo.
Este hombre que posee todos los reconocimientos y todas las deferencias es, hoy por hoy, un referente icónico de los jaliscienses; un hombre cuya visión lo llevó a forjar un nombre que se distingue y que enaltece el patrimonio cultural: José Ojeda.
Como alquimista, es alguien a quien se le admira y respeta, porque de su taller emana lo mejor del arte de la metalistería universal. A pesar de su grandeza, es un hombre que camina por la vida con la sencillez de un personaje de trabajo, de trato y de condescendencia.
José Ojeda, a sus más de noventa años de vida, se nos revela como un personaje ejemplar, humanista y, por supuesto, trascendente.
*Cronista Oficial de Zapotlán el Grande.

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