Fernando G. Castolo*
En
lo que engullimos expresamos una parte esencial de la identidad
particular de una geografía que, en sus ingredientes, se presenta
por sí sola. La herencia que sustentamos está asistida de una
riqueza cultural en donde confluyen sabores, olores, utensilios y una
naturaleza que es única en sus texturas, formas y colores.
El sincretismo experimentado hace quinientos años hacen de nuestras cocineras las sustentadoras de lo ancestral, representado en platillos "típicos", cuya presencia es icónica en nuestros pueblos y ciudades. Por qué comemos lo que comemos? Por qué lo preparamos como lo preparamos? Por qué lo servimos como lo servimos? Por qué agradan la vista y el gusto de una forma hipnotizante? Ahí están los apapachos de las abuelas, de las madres, que cincelaron en nuestros corazones la razón de ser y de sentir. A pesar de lo universal, seguimos siendo herencia sólida de comidas como el pozole, la birria, la sopa de pan, el chile de uña, el tejuino, las palanquetas y, por qué no, hasta las tostadas.
Somos el recuerdo vivo y prolongado de sabores de antaño con sabor a hogaño y, eso, lo celebramos en cada bocanada que entusiasma, como un festín, lo que somos y representamos más allá de épocas y fronteras.
*Cronista
Oficial de Zapotlán el Grande.

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