Nuestro primer problema es aceptar nuestras circunstancias actuales, tales como son, a nosotros mismos, tales como somos, y a la gente alrededor nuestro tal como es. Esto es adoptar una humildad realista, sin la cual no se puede empezar a hacer progresos. Una y otra vez, tendremos que volver a este punto de partida poco halagüeño. Es un ejercicio de aceptación que podemos practicar provechosamente cada día de nuestras vidas. Estos reconocimientos realistas de los hechos de la vida, siempre que evitemos diligentemente convertirlos en pretextos poco realistas para la apatía y el derrotismo, pueden ofrecernos una base segura, sobre la cual se puede establecer una más estable salud emocional y, por lo tanto, un más amplio progreso espiritual.
Cuando me resulta
difícil aceptar a la gente, los lugares y los acontecimientos,
vuelvo a leer estos párrafos y me libran de muchos de los temores
ocultos que tengo respecto a otra gente o a las circunstancias que la
vida me presenta. Este pensamiento me hace posible ser humano y no
perfecto, y recobrar la tranquilidad de espíritu.

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