Víctor
Hugo Prado
Está
claro que, por la forma en que se desarrolló el intento de regreso
de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa y la posterior solicitud
de licencia, Estados Unidos no ha quitado el dedo del renglón
respecto de los señalamientos sobre narcotráfico y los presuntos
vínculos de políticos mexicanos con organizaciones criminales que
Washington ha identificado como terroristas.
No se necesita
demasiada capacidad de abstracción para atar los hilos. El mensaje
de la presidenta Claudia Sheinbaum y la operación política de
personajes de su gobierno terminaron por recomponer, al menos
momentáneamente, el escenario y, de paso, enviaron un mensaje de
autoridad. Cuando comenzaba a cuestionarse el ejercicio de su poder,
la presidenta dejó claro quién manda.
Pero el problema no
termina en Sinaloa. Dentro de Morena se habla ya de dos grandes
corrientes: el obradorismo y el sheinbaumismo. Alrededor de ellas
convergen tribus y minitribus que hoy comparten el poder, pero no
necesariamente intereses ni proyecto. Y ahí pueden comenzar los días
difíciles para el oficialismo.
El primer gran desafío será
la elección intermedia de 2027. La definición de candidaturas
pondrá a prueba la capacidad de Morena para mantener los equilibrios
internos y evitar que las diferencias entre grupos se conviertan en
fracturas. La disputa por los espacios de poder podría ser el
verdadero campo de batalla del partido gobernante.
Pero existe
otro frente, externo y mucho más delicado: Estados Unidos. La
relación con nuestros vecinos del norte está condicionada por dos
asuntos sensibles: el combate al narcotráfico y la amenaza de los
aranceles. Lo ocurrido con Canadá debería servir como advertencia.
Donald Trump ha endurecido su discurso contra ese país y ha dejado
claro que está dispuesto a utilizar el poder económico
estadounidense como instrumento de presión.
El llamado
“desencuentro” entre Washington y Ottawa, como lo definió la
presidenta Sheinbaum, constituye una señal que México no debería
ignorar. Si Estados Unidos utiliza los aranceles incluso frente a uno
de sus principales socios comerciales, México tampoco está al
margen de esa estrategia.
Y aquí aparece el punto más
delicado: la seguridad. Las acusaciones estadounidenses sobre
presuntos vínculos entre políticos mexicanos y organizaciones del
narcotráfico permanecen sobre la mesa. Mientras México exige
pruebas, Washington parece dispuesto a convertirlas en un elemento de
presión dentro de la relación bilateral.
Un incremento de
aranceles sería particularmente delicado para una economía que
enfrenta dificultades para recuperar dinamismo. Menor comercio,
inversión y crecimiento serían consecuencias previsibles.
México,
entonces, camina sobre una cuerda floja: hacia afuera enfrenta la
presión de Washington; hacia adentro, las disputas por el poder.
¿Qué
será más difícil para el oficialismo: enfrentar la presión de
Washington o contener la que viene desde dentro de casa?

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