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martes, 25 de agosto de 2026

Entre Rocha Moya, Trump y las tribus de Morena

 




Víctor Hugo Prado



Está claro que, por la forma en que se desarrolló el intento de regreso de Rubén Rocha Moya al gobierno de Sinaloa y la posterior solicitud de licencia, Estados Unidos no ha quitado el dedo del renglón respecto de los señalamientos sobre narcotráfico y los presuntos vínculos de políticos mexicanos con organizaciones criminales que Washington ha identificado como terroristas.



No se necesita demasiada capacidad de abstracción para atar los hilos. El mensaje de la presidenta Claudia Sheinbaum y la operación política de personajes de su gobierno terminaron por recomponer, al menos momentáneamente, el escenario y, de paso, enviaron un mensaje de autoridad. Cuando comenzaba a cuestionarse el ejercicio de su poder, la presidenta dejó claro quién manda.

Pero el problema no termina en Sinaloa. Dentro de Morena se habla ya de dos grandes corrientes: el obradorismo y el sheinbaumismo. Alrededor de ellas convergen tribus y minitribus que hoy comparten el poder, pero no necesariamente intereses ni proyecto. Y ahí pueden comenzar los días difíciles para el oficialismo.





El primer gran desafío será la elección intermedia de 2027. La definición de candidaturas pondrá a prueba la capacidad de Morena para mantener los equilibrios internos y evitar que las diferencias entre grupos se conviertan en fracturas. La disputa por los espacios de poder podría ser el verdadero campo de batalla del partido gobernante.

Pero existe otro frente, externo y mucho más delicado: Estados Unidos. La relación con nuestros vecinos del norte está condicionada por dos asuntos sensibles: el combate al narcotráfico y la amenaza de los aranceles. Lo ocurrido con Canadá debería servir como advertencia. Donald Trump ha endurecido su discurso contra ese país y ha dejado claro que está dispuesto a utilizar el poder económico estadounidense como instrumento de presión.




El llamado “desencuentro” entre Washington y Ottawa, como lo definió la presidenta Sheinbaum, constituye una señal que México no debería ignorar. Si Estados Unidos utiliza los aranceles incluso frente a uno de sus principales socios comerciales, México tampoco está al margen de esa estrategia.

Y aquí aparece el punto más delicado: la seguridad. Las acusaciones estadounidenses sobre presuntos vínculos entre políticos mexicanos y organizaciones del narcotráfico permanecen sobre la mesa. Mientras México exige pruebas, Washington parece dispuesto a convertirlas en un elemento de presión dentro de la relación bilateral.





Un incremento de aranceles sería particularmente delicado para una economía que enfrenta dificultades para recuperar dinamismo. Menor comercio, inversión y crecimiento serían consecuencias previsibles.

México, entonces, camina sobre una cuerda floja: hacia afuera enfrenta la presión de Washington; hacia adentro, las disputas por el poder. ¿Qué será más difícil para el oficialismo: enfrentar la presión de Washington o contener la que viene desde dentro de casa?


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