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martes, 16 de junio de 2026

La creatividad no se delega

 



Víctor Hugo Prado



En los últimos meses han comenzado a surgir señales interesantes en el mundo corporativo. Paradójicamente, mientras la inteligencia artificial se expande a gran velocidad, algunas empresas empiezan a tomar distancia de los trabajos elaborados de manera evidentemente artificial. Documentos, presentaciones, informes y publicaciones generados sin una aportación humana significativa son percibidos cada vez más como una solución fácil que refleja falta de creatividad, escaso esfuerzo o ausencia de pensamiento propio.




La discusión va más allá de la tecnología. Tiene que ver con el valor que las organizaciones asignan al juicio, la experiencia y la capacidad humana para crear. En ese sentido resultan particularmente relevantes las reflexiones de Satya Nadella, uno de los líderes empresariales más influyentes de la actualidad, actual CEO de Microsoft, responsable del reascenso de Microsoft como una de las empresas más valiosas del mundo, cuando el valor de las acciones se había estancado y parecía un dinosaurio en la era del móvil y la nube. Satya no ve el futuro solo desde la visión tecnológica, sino sobre el liderazgo, el cambio cultural, la empatía estratégica, la colaboración ecosistémica y la visión a largo plazo.

Nadella ha insistido en una idea fundamental: la creatividad no se delega, el juicio no se automatiza y la voz humana no puede ser sustituida por completo. La inteligencia artificial puede generar contenido en segundos, pero carece de propósito propio. Puede procesar información, pero no establecer prioridades ni otorgar significado a los problemas que enfrenta una organización.

Por ello, el verdadero desafío no consiste en reemplazar personas con algoritmos, sino en combinar dos formas de capital. Por un lado, el capital humano: conocimiento, experiencia, relaciones, criterio y capacidad para reconocer patrones relevantes. Por otro, el capital simbólico: los sistemas de inteligencia artificial construidos por las organizaciones para amplificar ese conocimiento y hacerlo escalable.





Cuando ambos elementos trabajan juntos, se genera un círculo virtuoso. La experiencia humana alimenta a la inteligencia artificial y ésta, a su vez, multiplica el alcance del conocimiento acumulado. Sin embargo, la dirección siempre debe provenir de las personas. Sin objetivos, valores y criterio humano, la inteligencia artificial corre el riesgo de convertirse en una poderosa herramienta sin rumbo.
La lección trasciende al sector empresarial. También aplica para los gobiernos, las universidades y los centros de investigación. El futuro no pertenece a quienes deleguen su pensamiento a una máquina, sino a quienes utilicen la tecnología para potenciar su creatividad. Porque, al final, las herramientas pueden multiplicar el talento, pero nunca reemplazar el ingenio humano que les da sentido.


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