Víctor Hugo Prado
No
fue una frase diplomática más. Durante su visita a Sinaloa, el
embajador de Estados Unidos en México, Ronald Johnson, lanzó un
mensaje incómodo pero directo: la corrupción no solo frena el
desarrollo, lo distorsiona. Lo encarece, lo vuelve desigual y, sobre
todo, erosiona la confianza que sostiene a los mercados. Sus
palabras, pronunciadas en el contexto de una inversión relevante en
Topolobampo, terminaron resonando más allá del evento cancelado por
protestas sociales y el desgaste político del gobierno local.
El
señalamiento no es menor. La corrupción, lejos de ser un problema
abstracto, tiene efectos concretos: desalienta inversiones, reduce la
competitividad y castiga a quienes sí cumplen las reglas. Por eso,
cuando el embajador advierte que sin combatirla será difícil
sostener proyectos de gran escala, no está opinando: está
describiendo una condición básica del funcionamiento económico
global.
El contexto refuerza la preocupación. De acuerdo con
información publicada por el diario Los Angeles Times, Washington
estaría preparando una estrategia más agresiva contra funcionarios
mexicanos presuntamente vinculados al narcotráfico. No se trataría
solo de cancelar visas —una práctica ya conocida—, sino de abrir
la puerta a procesos judiciales en cortes estadounidenses. De
concretarse, este giro implicaría un cambio cualitativo en la
relación bilateral: pasar de la presión diplomática a la acción
penal extraterritorial.
Estos movimientos ocurren, además, en
un momento particularmente sensible: las negociaciones en torno al
Tratado entre México, Estados Unidos y Canadá. El mensaje implícito
es claro: el factor económico puede convertirse en palanca de
presión política. La certeza jurídica, la seguridad y la
transparencia ya no son solo condiciones internas; son exigencias
externas para mantener la integración comercial.
Pero quizá
lo más preocupante es que nada de esto resulta sorpresivo. México
arrastra desde hace años un rezago estructural en el combate a la
corrupción. Según el Índice de Percepción de la Corrupción 2025
de Transparencia Internacional, el país obtuvo 27 puntos sobre 100,
ubicándose en la posición 141 de 182 naciones. Es decir, no solo no
mejora: se estanca en niveles preocupantes.
Frente a este
panorama, la reacción del Estado mexicano ha sido, en el mejor de
los casos, insuficiente. En el peor, negacionista. Porque el problema
no es únicamente la corrupción en sí, sino la incapacidad —o
falta de voluntad— para reconocer su magnitud.
México
enfrenta una disyuntiva incómoda: asumir el problema con seriedad o
seguir administrando su negación. Lo dicho por Washington no debería
interpretarse como una intromisión, sino como un espejo. Y lo que
refleja no es agradable.

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