Fernando G. Castolo*
Las
charlas discordantes de cientos de personas se funden en una
algarabía de voces que inundan aquellos caminos que se aproximan a
Talpa de Allende, lugar en el que todo confluye en un abrazo de fe,
historia y tradición. Son los días grandes de la Semana Santa, en
que muchos fieles aprovechan el asueto para confluir en este que es
considerado el tercer santuario mariano más importante del
territorio nacional. Por doquier, aprovechando los escasos espacios
sombreados, se observan grupos de personas que descansan y procuran
líquidos que mitiguen la sed. El sol es abrasador y las temperaturas
son elevadas en esta época.
Otros visitantes más aprovechan
su estancia para darse un "chapuzón" en el río, pero es
inevitable voltear la vista y ver una larga y gruesa fila de romeros
que se aproximan a la hermosa basílica. Al interior los olores a
sudor se fusionan con los del incienso, las parafinas y las
aromáticas flores que adornan el recinto. Todo ocurre en torno a
Ella, a la milagrosa Virgen del Rosario de Talpa, la diminuta
escultura de Pátzcuaro que llegó a estas geografías a renovarse y,
con ello, a renovar los espíritus que encuentran consuelos de sus
dramas humanos con su oración viva.
El breve pueblo de Talpa
pareciera que colapsará ante los miles de congregados que arriban
todos los días. El agua se escasea, los desperdicios se multiplican,
y los insumos para alimentar tantas bocas llegan por toneladas. Es
una algarabía de movimientos que deambulan de un lugar a otro, como
moscas que pululan en torno a un exquisito manjar. Ella, y solamente
Ella, es la razón de estos enormes desplazamientos humanos que hacen
que el comercio en Talpa "haga su agosto".
Hay
conservas, rollos, palanquetas, garapiñados, rompopes y una gran
variedad de dulcería artesanal para todos los gustos, donde
predomina como ingrediente especial la guayaba. También los
recuerdos estampados en rosarios, escapularios, dijes, medallas,
tazas, bolsas y ropa se ofertan por doquier. El chicle, que se
encuentra en mil coloridas formas, es obligado como artesanía
local.
A donde quiera que se voltee hay delicias que se
antojan y se engullen con el entusiasmo de saber que se ofrecen
solamente ahí como cosa típica. La experiencia de visitar Talpa de
Allende y a su milagrosa Virgen del Rosario en Semana Santa, es
lúdica y del todo sui generis, y bien vale la pena ser parte de la
misma.
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