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lunes, 27 de abril de 2026

Los silencios en la obra de Juan Rulfo

 



Fernando G. Castolo*



Lo extraordinario de la novela "Pedro Páramo" (1955), de Juan Rulfo radica, no en los diálogos de sus personajes, sino en los silencios. Sí, en ese escenario de muertos, donde hay inspiraciones en paisajes regionales, lo que más llama la atención son esos espacios vacíos en los que ni el susurro de algo se escucha, porque Rulfo entendió que debía de auxiliarse de ese recurso para involucrar al lector en esa atmósfera lúdica del Inframundo.



Dante Alighieri, quien también nos lleva por esos pasajes con una extraordinaria belleza literaria, no logró conmover sensibilidades en el punto que sí lo hizo el sayulense. Nosotros mismos, los habitantes de esta región, quizá inconscientemente, somos practicantes y creadores de esta herramienta literaria.

Lo recuerdo: en viejos quicios frontales se disponían los equipales para los grandes y, en su torno, la chiquillada escuchando atenta las leyendas y los relatos que eran narrados con un cierto aire misterioso. Los silencios eran precisos en cierto momento a fin de entusiasmar la atención sobre algo que se aproximaba; de repente, se rompía ese ritmo y se nos introducía a lo asombroso, alterándonos con un gesto expectante que nos dejaba atónitos. Era toda una experiencia elucubrar en nuestra mente aquellas historias que se nos compartían. Así pasaban las horas de la tarde que se transformaba en noche, escuchando sobre desaparecidos o aparecidos. Obviamente, más que dialogar después de esos encuentros, siempre apresurábamos el paso, en silencio, hasta llegar a casa. Nadie comentaba nada. Rulfo captó esas atmósferas y las trasladó a su obra, donde hay una evidencia clara de esas charlas compartidas por los mayores que eran asistidas de esa tenue musicalidad. La clave del escritor, en esa inventiva rulfiana, se encuentra en los silencios.

*Cronista Oficial de Zapotlán el Grande.


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