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jueves, 23 de abril de 2026

Leemos Pedro Páramo*

 




Salvador Encarnación


Leemos Pedro Páramo y los alumnos se sorprenden. No es sólo por la estructura de la novela, sino por la melodía del lenguaje que ahí se maneja. De la sorpresa viene la admiración. Los mismos objetos a los que se refiere Rulfo en la novela son los mismos de su entorno, son los objetos con los que ellos y sus padres han vivido en el sur de Jalisco y ahora resulta que son parte de una novela, magnífica, de estudio. Y más aun, las frases que leen son las que todavía ellos utilizan para su comunicación: “Tengo la casa toda entilichada” y un alumno agrega: “Yo también”. Todos ríen y prosiguen atentos en su lectura. Apenas se avanzan unas líneas, un alumno levanta la mano:



—Maestro —pregunta—, ¿la novela se refiere a Comala, Colima?


Todos me miran. Con el marcador dibujo en el pizarrón el camino de Juan Preciado rumbo a Comala, desde aquella tarde soleada de Sayula, con las calles repletas de niños.


Rulfo —contesto—, tomó el nombre de Comala porque así le convenía a los intereses de la novela. Comala quiere decir comal, y el comal está sobre las brazas. Juan Preciado baja —por así decirlo—, a la boca del infierno donde reinaba Pedro Páramo como demonio rey. Acuérdense de las palabras de Abundio refiriéndose al calor: “Ya lo sentirá más fuerte cuando lleguemos a Comala. Aquello está sobre las brazas de la tierra, en la mera boca del infierno”.


Los veo de reojo y continuamos con la lectura. Paso a paso interpretamos las líneas y si dudamos de una, por muy conocida, consultamos el diccionario y vienen de nuevo las sorpresas: “...vete al carajo”.


¿Alguien sabe qué es el carajo? —Pregunto.

Y las respuestas llueven casi similares: Mandar al diablo. Mandar a alguien a la fregada. Mandar a alguien a un sitio sin importancia... Consultamos el Pequeño Laurousse y dice: Carajo: Órgano sexual masculino. Pop. ¡Carajo! Expresión de disgusto y a veces de sorpresa. A todos los varones les brillan los ojos. Se voltean a ver y uno suelta la frase:

¡Vete mucho al carajo!

Maestro, me están ofendiendo.


Faltan diez minutos para que termine la clase y termino la lectura en voz alta. De tarea —les digo—, van a numerar los “fragmentos” o “retazos” de la novela.


Otro día volvemos a la novela y tal parece que no a la clase. Todos traen el pequeño libro, fácil de cargar, y sobre todo, “...de letra grande para terminar pronto” como dijo un alumno el primer día. Antes de dar inicio, pregunto: ¿Cuántos fragmentos son por todos? La mayoría afirma que setenta. Los que erraron consultan con sus compañeros y encuentran el desacierto. Mientras ellos se corrigen yo anoto en el pizarrón los números de los fragmentos que corresponden al primero y segundo nivel; a grandes rasgos, por supuesto. Los muchachos los anotan en la guarda del libro y ya listos iniciamos la lectura del primer nivel, el referente a Juan Preciado.


Entre todos tratamos de desentrañar la novela. Cada uno es avezado en un tema, o al menos eso dicen: Juan es de los grupos de la parroquia y se trae la Biblia al dedillo junto con toda la corte celestial. La abuela de Cuca es partera empírica y ella conoce algo de herbolaria. Roberto anda investigando sobre los “pecados del mundo” y prometió identificarlos de inmediato “y más si son de sexo”. Otros son hijos de ejidatarios o campesinos y conocen los nombres de los trebejos y costumbres del campo. Otros dudan en hablar y por fin se animan: “Mi bisabuelo, todavía vive y de niño le tocó vivir la Cristiada, si gustan mañana lo visitamos en mi casa ... Mi abuela todavía tortea... Mi papá es de la Cofradía de los Moros y de Santoentierro... Mi abuela es de la Congregación... Yo vivo en El Zapote y mi vecino cura con sobadas y ramas de pirul... Un viejito de mi barrio debe dos muertes... Don Espiridión es de Sayula y me contó que allá por barrio del Santuario, al cruzar el río, le salió el diablo y le dio una nalgada. Dice que todavía trae pintada la mano en el fundillo...” Después de las risas un alumno se queda serio, pensativo. Me mira de frente y nos dice: “Oigan, se me hace que la novela está acá con nosotros...”





Volvemos a la novela todos muy distintos. La narración (escritura) se vuelve experiencia diaria y cada uno está listo para captar elementos que sirvan para esclarecer; no, para profundizar en los signos que se nos presentan.


A petición de todos volvemos a releer los capítulos ya leídos de la novela. Me paro frente al grupo y leo en voz alta: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo...”


Maestro —me interrumpe el compañero de los grupos eclesiales de base—. Pedro quiere decir piedra y la Biblia dice que Jesucristo le cambió el nombre al apóstol Simón por el de Pedro, porque él sería la piedra angular de la Iglesia.


El narrador —agrega otro—, dice “un tal Pedro Páramo”. Eso quiere decir que ni lo conoce ni lo quiere.

Y si Comala quiere decir comal —agregan—, es decir, sobre las brazas, entonces Pedro Páramo es la piedra angular de ese infierno.

Yo —me dice una alumna—. Les voy a leer lo que dice el diccionario de la palabra páramo: lugar desértico, lleno de abrojos.

Se hace un silencio. Abro de nuevo el libro para continuar cuando una voz me interrumpe.

Maestro, ¿podemos decir que estamos ante un ser duro como piedra y que gobierna Comala como demonio?

Correcto. —Le contesto. Vuelvo a abrir mi libro cuando vuelven a interrumpir.

Oigan. Apenas llevamos dos renglones y ya gastamos media clase.


Seguimos los pasos de Juan Preciado. Y son los nombres los que les llaman la atención: Abundio Martínez, Eduviges Dyada, Damiana Cisneros. Estamos en el pasaje cuando Juan Preciado busca alojamiento con Eduviges, por recomendación de Abundio. “¿De modo que él te recomendó que vinieras a verme?/ —Me encargó que la buscara.”

“Maestro —interrumpe Roberto, el experto en pecados—. Esa es una insinuación sexual”. Explíquese, —le digo. “Sí, cuando un hombre tenía relaciones con una mujer, se decía que la estaba viendo. Fulano está viendo a Zutana. Por eso Abundio corrige de inmediato y sostiene: “Me encargó que la buscara”. Es decir, Abundio no quiere nada con ella. “A lo mejor por lo apretada de arrugas”. Agrega.


La lectura continua, fluye. Ellos me siguen con su lectura a mi lectura en voz alta. Llegamos al punto donde Damiana Cisneros se encuentra con su hermana Sixtina. “—¡Damiana! ¡Ruega a Dios por mí, Damiana!”

Sin pedir la palabra, Juan, el de los grupos, comenta: Las almas que mueren en pecado se van al purgatorio o al infierno. De seguro Sixtina está en el purgatorio porque todavía tiene esperanzas de salvación y por eso vaga por el mundo.

Los muchachos se emocionan. El salón se siente cálido, embebido en la lectura.

Los fragmentos de las voces pasan por ellos sin pena ni gloria. El referente a Chona que a mi generación nos parecía erótico, a ellos apenas si les causa alguna gracia. No así en encuentro de la casa de Donis y su hermana, su estar desnudos, su vida marital. “Sentí que la mujer bajaba de la cama. Sus pies descalzos taconeaban el suelo y pasaban por encima de mi cabeza. Abrí y cerré los ojos.” Todos a coro soltaron la risa. Ahora yo pregunto: ¿De qué se ríen? “Como está desnuda —me dicen— al pasarle por la cabeza, abre los ojos para verle la alcancía”.

Conforme va llegando la noche en la novela, el ambiente del salón va cambiando. El ahogo de Juan Preciado, su falta de aire, su correr entre los portales y en la plaza se siente entre los alumnos. La falta aire se palpa incluso en su silencio. Y luego la muerte. Y las últimas palabras del fragmento 36. “Fue lo último que vi”.

Los alumnos le dan vuelta a la página y entran de lleno al fragmento 37, a la conversación de Juan Preciado con Dorotea en la tumba. Apenas si llevamos una parte de esta sección cuando un alumno levanta la mirada y me mira de frente. La lectura continúa. Interrumpe.


Un momento. Yo creí que la conversación era conmigo, y ahora resulta que es con Dorotea que está enterrada...


Todos lo miran. En sus ojos se ve el desconcierto. Tomo el marcador y dibujo en el pizarrón varias tumbas. En una de ellas, coloco a Juan Preciado y a Dorotea. Simplemente les digo: aquí están los dos conversando.


Volvemos a la novela. Lo que antes parecía un deslizamiento narrativo, ahora se siente dificultad. Una compañera dice: “No puedo seguir porque ya no entiendo nada. Cómo si los dos están muertos, siguen conversando y cómo está que yo escucho la plática en forma de novela...”


—Lo que pasa, o parece —dice otro alumno— es que nosotros estamos muertos y por eso escuchamos la plática.


Ellos me miran. Algunos han cerrado el libro y esperan mi respuesta. En una de las tumbas escribo: “Sexto A vespertino”. Ellos exclaman. La novela está contada —en esta parte— por Juan Preciado y Dorotea. Lo cierto es que, desde la primera página, siguiendo este primer nivel, es la pura conversación de estos dos muertos. Nosotros somos otros más que estamos enterrados en el panteón, otras víctimas más del cacique que fue Pedro Páramo y ahora escuchamos la conversación de su recién llegado hijo. De aquí para adelante conoceremos la decadencia de Pedro Páramo y los fragmentos siguientes están contados por otros difuntos, las víctimas del cacique.

Otra cosa. La lectura en voz alta que estoy haciendo está mal hecha en su tono. Ahora ya sabemos que es una conversación entre muertos, casi en silencio para no despertar a los otros difuntos, entonces el tono digámosle real de la novela es el murmullo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Mi madre me lo dijo. Y yo le prometí que vendría a verlo en cuanto ella muriera. Le apreté sus manos en señal de que lo haría; pues ella estaba por morirse y yo en un plan de prometerlo todo.”

Qué les parece.

Un alumno, con voz de murmullo, dice: “Maestro. Qué le parece si volvemos a comenzar la novela...”

*Texto realizado en base a las experiencias obtenidas de la lectura en voz alta de Pedro Páramo, en la asignatura de Literatura II, en la Escuela Preparatoria Regional de Zacoalco de Torres. SEMS/U de G.


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