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martes, 3 de febrero de 2026

La obra literaria de J. Jesús Morales Vázquez

 


René Michel



En el marco inmejorable del Museo Regional de Guadalajara se tuvo una noche muy especial el día 30 de enero pasado. Para la literatura jalisciense y para quienes asistieron al parto de un libro muy genuino desde su propio nombre: Moloncos del poeta jalisciense J. Jesús Morales Vázquez la velada literaria dejó una impronta especial, particularmente, por los poemas en prosa leídos por actores locales de un poeta poco conocido en nuestro estado que tránsito por la ciudad de Guadalajara con la sensibilidad y la capacidad de asombro de un niño rural a cuestas. Son las composiciones literarias de un bardo de la aldea que viajó a la capital tapatía desde Ixtlahuacán del Río para apropiarse, sin cambiar su esencia nativa, de la cultura occidental, en un sentido amplio, y que adquirió mediante una formación disciplinada y provechosa durante su estancia de casi quince años en el Seminario Conciliar de Guadalajara.




Dos mundos configuraron al hombre adulto de la ciudad en que se convirtió el infante del mundo pastoril: el que viajó allende el mar del Pacifico trayendo el saber nacido del Lacio y el de los pueblos originarios de la América meridional. Hecho poeta, con el acento muy marcado por los elementos de la cultura del colibrí, el poeta Jesús Morales, le cantó al pájaro Huitlacoche bajo el refugio seguro de las alas del águila bicéfala. Honró una visión del mundo con apego a las cosas nombradas en lengua aborigen que yacen en Moloncos, la obra de madurez del poeta de lo mexicano y lo colonial.

Para esta edición conmemorativa de Moloncos se ha respetado el criterio de publicación de su modelo formal: Platero y yo de Juan Ramón Jiménez que circuló, en 1914 por primera vez, con tan sólo 63 composiciones de las 138 de las ediciones posteriores, mientras que la del bardo de Tacotán contiene 32 poemas en prosa de un total de 71 que configura el manuscrito que me entregó el poeta Jesús Morales días antes de su muerte.


J. Jesús Morales Vázquez.




Antes de enfocarme un poco más en este segundo libro publicado quiero referirme a Tochi, la ópera prima de J. Jesús Morales Vázquez que se gestó en Tequila y que vio la luz en aquel poblado en el 2016. Desde las primeras composiciones advertimos que la obra, en su conjunto, es animada por el soliloquio lírico del poeta en un riguroso flirteo verbal dirigido a la amada. Hay un juego amoroso que se despliega en cada poema en prosa, género por antonomasia de nuestro poeta. El telón de fondo lírico es el pueblo verde donde una pareja de amantes huye de la gente que habita esta villa de doble moral para hacer posible un idealizado amor frustrado. El tono es autobiográfico, de principio a fin, y revela los sortilegios a los que el amante recurre para atraer a la amada, aunque también se trasluce el dolor que carga el seminarista de la vocación frustrada.

Dejemos a Tochi y vayamos a Moloncos donde también se instaura la voz de las vivencias de Jesús Morales, sin embargo, el escenario de Tequila lo trueca por el de su patria chica, Tacotán, espejo del México precolombino que evoca. En Moloncos se olvida del amor de pareja y entona la épica de la caída de su aldea aborigen junto con el morir que anticipa de las esencias que lo alimentaron, que lo arroparon y que configuraron la centiárea de su mundo agrario de infante: el maíz, el frijol, el tejolote, el rebozo, la coa y muchas sustancias más.
Moloncos se concibió, al decir del poeta Jesús Morales, entre tazas de café bien cargado y denso humo de cigarro (delicados sin filtro, por supuesto), a principios de los años setenta en el café Independencia, hoy desparecido, que se hallaba a tan sólo una cuadra del histórico Museo Regional de Guadalajara, escenario inigualable donde se leyó la obra y se habló de la contribución innegable del profesor Morales al patrimonio inmaterial e intangible de Jalisco.


René Michel. 



En Moloncos hay molotes de palabras rebeldes, inconformes, duras y aleccionadoras. La obra está escrita a la edad de cuarenta años del escritor en esta ciudad tapatía de sus sueños, de sus borracheras, de sus alegrías y de sus desdichas. Publicarlo es un acto de justicia y una invitación para leerlo, único modo de dialogar con un autor.

Su publicación sumó muchas complicidades como la del empresario Helio Estevez y la del presbítero Tomás de Híjar; la del doctor Sergio Aguayo y la doctora Silvia Quezada; y la del escritor Ricardo Sigala y la doctora Patricia Rosas del programa Letras para volar de la Universidad de Guadalajara. (Me disculpo por no mencionar a muchos más con quienes admito estar en deuda). Sin embargo, aunque mi reconocimiento absoluto es para los nombrados y los omitidos, las fanfarrias especiales son para el editor de este libro artesanal. Sin su interés incondicional hubiesen pasado muchos años más para que esta versión antológica de la obra iniciara un destino insospechado.






¿Por qué publicar, me interrogó Ricardo Sigala, en un sello regional en lugar de escoger uno de la zona metropolitana del estado de Jalisco? Tu eres de allá. Y palabras más, palabras menos, le contesté al aire, en los micrófonos de Cumbres de Babel: “nadie había reunido los requisitos que el profesor Morales hubiera deseado para que su obra circulara: un trabajo honesto que antepone el arte al dinero”. Felicito a la Editorial Tzapotlatena que bajo la dirección de Carlos Axel Valdovinos y Elva Ventura hacen una valiosa contribución editorial a la cultura regional.

La nota artística de esta edición de Moloncos la pone el proyecto gráfico del reconocido pintor tapatío Benito Zamora con nueve ilustraciones de las pinturas que a lo largo de unos años fue creando exprofeso para el libro. Un aplauso para el pintor que se sumó a dialogar con el poeta Morales.

De la lectura atenta de Moloncos se distinguen los símbolos con los que el poeta J. Jesús Morales Vázquez se afana en pegar los pedazos de su tradición.



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