René Michel
En
el marco inmejorable del Museo Regional de Guadalajara se tuvo una
noche muy especial el día 30 de enero pasado. Para la literatura
jalisciense y para quienes asistieron al parto de un libro muy
genuino desde su propio nombre: Moloncos
del poeta jalisciense J. Jesús Morales Vázquez la velada literaria
dejó una impronta especial, particularmente, por los poemas en prosa
leídos por actores locales de un poeta poco conocido en nuestro
estado que tránsito por la ciudad de Guadalajara con la sensibilidad
y la capacidad de asombro de un niño rural a cuestas. Son las
composiciones literarias de un bardo de la aldea que viajó a la
capital tapatía desde Ixtlahuacán del Río para apropiarse, sin
cambiar su esencia nativa, de la cultura occidental, en un sentido
amplio, y que adquirió mediante una formación disciplinada y
provechosa durante su estancia de casi quince años en el Seminario
Conciliar de Guadalajara.
Dos mundos configuraron al hombre
adulto de la ciudad en que se convirtió el infante del mundo
pastoril: el que viajó allende el mar del Pacifico trayendo el saber
nacido del Lacio y el de los pueblos originarios de la América
meridional. Hecho poeta, con el acento muy marcado por los elementos
de la cultura del colibrí, el poeta Jesús Morales, le cantó al
pájaro Huitlacoche bajo el refugio seguro de las alas del águila
bicéfala. Honró una visión del mundo con apego a las cosas
nombradas en lengua aborigen que yacen en Moloncos,
la obra de madurez del poeta de lo mexicano y lo colonial.
Para
esta edición conmemorativa de Moloncos
se ha respetado el criterio de publicación de su modelo formal:
Platero
y yo
de Juan Ramón Jiménez que circuló, en 1914 por primera vez, con
tan sólo 63 composiciones de las 138 de las ediciones posteriores,
mientras que la del bardo de Tacotán contiene 32 poemas en prosa de
un total de 71 que configura el manuscrito que me entregó el poeta
Jesús Morales días antes de su muerte.
Antes de enfocarme un
poco más en este segundo libro publicado quiero referirme a Tochi,
la ópera prima de J. Jesús Morales Vázquez que se gestó en
Tequila y que vio la luz en aquel poblado en el 2016. Desde las
primeras composiciones advertimos que la obra, en su conjunto, es
animada por el soliloquio lírico del poeta en un riguroso flirteo
verbal dirigido a la amada. Hay un juego amoroso que se despliega en
cada poema en prosa, género por antonomasia de nuestro poeta. El
telón de fondo lírico es el pueblo verde donde una pareja de
amantes huye de la gente que habita esta villa de doble moral para
hacer posible un idealizado amor frustrado. El tono es
autobiográfico, de principio a fin, y revela los sortilegios a los
que el amante recurre para atraer a la amada, aunque también se
trasluce el dolor que carga el seminarista de la vocación
frustrada.
Dejemos a Tochi
y vayamos a Moloncos
donde también se instaura la voz de las vivencias de Jesús Morales,
sin embargo, el escenario de Tequila lo trueca por el de su patria
chica, Tacotán, espejo del México precolombino que evoca. En
Moloncos
se olvida del amor de pareja y entona la épica de la caída de su
aldea aborigen junto con el morir que anticipa de las esencias que lo
alimentaron, que lo arroparon y que configuraron la centiárea de su
mundo agrario de infante: el maíz, el frijol, el tejolote, el
rebozo, la coa y muchas sustancias más.
Moloncos
se concibió, al decir del poeta Jesús Morales, entre tazas de café
bien cargado y denso humo de cigarro (delicados sin filtro, por
supuesto), a principios de los años setenta en el café
Independencia, hoy desparecido, que se hallaba a tan sólo una cuadra
del histórico Museo Regional de Guadalajara, escenario inigualable
donde se leyó la obra y se habló de la contribución innegable del
profesor Morales al patrimonio inmaterial e intangible de Jalisco.
| René Michel. |
En Moloncos
hay molotes de palabras rebeldes, inconformes, duras y
aleccionadoras. La obra está escrita a la edad de cuarenta años del
escritor en esta ciudad tapatía de sus sueños, de sus borracheras,
de sus alegrías y de sus desdichas. Publicarlo es un acto de
justicia y una invitación para leerlo, único modo de dialogar con
un autor.
Su publicación sumó muchas complicidades como la
del empresario Helio Estevez y la del presbítero Tomás de Híjar;
la del doctor Sergio Aguayo y la doctora Silvia Quezada; y la del
escritor Ricardo Sigala y la doctora Patricia Rosas del programa
Letras para volar de la Universidad de Guadalajara. (Me disculpo por
no mencionar a muchos más con quienes admito estar en deuda). Sin
embargo, aunque mi reconocimiento absoluto es para los nombrados y
los omitidos, las fanfarrias especiales son para el editor de este
libro artesanal. Sin su interés incondicional hubiesen pasado muchos
años más para que esta versión antológica de la obra iniciara un
destino insospechado.
¿Por qué publicar, me interrogó
Ricardo Sigala, en un sello regional en lugar de escoger uno de la
zona metropolitana del estado de Jalisco? Tu eres de allá. Y
palabras más, palabras menos, le contesté al aire, en los
micrófonos de Cumbres de Babel: “nadie había reunido los
requisitos que el profesor Morales hubiera deseado para que su obra
circulara: un trabajo honesto que antepone el arte al dinero”.
Felicito a la Editorial Tzapotlatena que bajo la dirección de Carlos
Axel Valdovinos y Elva Ventura hacen una valiosa contribución
editorial a la cultura regional.
La nota artística de esta
edición de Moloncos
la pone el proyecto gráfico del reconocido pintor tapatío Benito
Zamora con nueve ilustraciones de las pinturas que a lo largo de unos
años fue creando exprofeso para el libro. Un aplauso para el pintor
que se sumó a dialogar con el poeta Morales.

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