Víctor
Hugo Prado
Insensible es quien carece de empatía frente
al dolor ajeno; quien permanece impasible ante la tragedia, la pena o
el sufrimiento de otros. También lo es quien elige el silencio
frente a hechos que exigen una postura ética clara. La
insensibilidad no siempre se expresa con palabras duras: a veces se
manifiesta, con mayor contundencia, en la omisión.
Así se
percibió la presidenta Claudia Sheinbaum frente al asesinato de once
personas en Salamanca, Guanajuato, ataque armado ocurrido la tarde
del domingo en el campo de futbol de la comunidad Loma de Flores,
donde además doce personas resultaron heridas. Hombres armados
irrumpieron en plena cancha mientras se disputaba un partido. La
escena fue brutal. Sin embargo, en la conferencia matutina del lunes
26 de enero no hubo una palabra para los deudos, ni un mensaje de
condena, ni el compromiso explícito de investigar y castigar a los
responsables. Ni siquiera un gesto de empatía. El silencio, en este
caso, también comunicó.
La violencia en México rebasa con creces la narrativa oficial. Aunque el gobierno federal presume una reducción en el promedio diario de homicidios dolosos —de 86.9 víctimas diarias en septiembre de 2024 a 59.2 en agosto de 2025, lo que representaría una disminución cercana al 32 por ciento—, la percepción social cuenta otra historia. En calles, carreteras y comunidades, el miedo se ha normalizado. La inseguridad se respira.
Lo que rara vez se dice es que detrás de las cifras
existe una disputa por la percepción. Investigaciones de plataformas
como México 5.0
han documentado prácticas preocupantes en fiscalías estatales y
locales: reclasificación arbitraria de delitos, omisión de víctimas
y uso anómalo de categorías forenses. No se trata solo de
estadísticas; se trata de personas invisibilizadas.
Ocultar la
violencia es, en sí mismo, una forma de violencia institucional.
Negar la realidad expone a los ciudadanos a nuevas tragedias, incluso
cuando estas se intentan justificar como “ajustes de cuentas”
entre grupos criminales.
Resulta inconcebible que, mientras el
país enfrenta una crisis de seguridad y un deterioro en su atractivo
para la inversión extranjera —México ha salido del top 25 mundial
en confianza de inversión debido a la incertidumbre política, la
inseguridad y el debilitamiento institucional—, la presidenta
destine tiempo y capital político a enviar una carta “diplomática”
al presidente de Corea del Sur, Lee Jae-myung, solicitando más
conciertos del grupo juvenil BTS.
Gobernar implica priorizar. Y
cuando la jefa del Estado guarda silencio ante una masacre, el
mensaje que recibe la sociedad es demoledor: hay tragedias que no
merecen atención. La insensibilidad, cuando viene del poder, deja de
ser un rasgo personal para convertirse en política pública.

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